En 2005 llegué a mi casa, en San Andrés. Es curioso porque fui la última persona del mundo en verla. La eligió mi hermana Mónica, que me dijo que había encontrado algo perfecto para mí, algo que merecía mucho la pena y yo, que me fío mucho de ella, le dije que adelante, que ni me molestaba en verla, que si a ella le parecía bien, a mi también y que desde luego no iba a dejar de hacer lo que estuviera haciendo en ese momento para una nimiedad con tan poco importancia como puede ser elegir lugar de residencia. Total, iba a ser provisional. Tanto que llevo allí 17 años. Cuando llegué por primera vez, esa casa estaba tomada por parte de mi familia junto a algunos amigos. Comían cocido para darme la bienvenida a mí, pero sin mí. Así que me fui de mi propia casa no fuera a molestar a los señores okupas. Cuando volví a los dos días, mi amigo Diego honraba a Baco en una de las dos habitaciones junto a una mujer de bandera. El muy cabrón. Así fue como decidí que la otra habitación era la mía. Diego y aquella ninfa se fueron a los pocos días, claro, pero yo ya me quedé instalado en la habitación que el destino me indicó, sin más complicaciones. Y ya está, así se eligen las casas y las habitaciones cuando no tienes demasiado entusiasmo por nada y vives como un Jerónimo.

Me hice al barrio en cuestión de minutos, porque San Andrés es una identidad tan brutal como la de Triana, pero en silencio. Los límites del barrio no están dibujados, pero todos los tenemos claros. Así, Dos de Mayo marca una frontera más alta que los Pirineos, porque en realidad la frontera es el ramal de la Esgueva, que no se ve, pero que se nota. Es cruzar esa calle y sentirse en la civilización, en un ambiente diferente, sofisticado, más señorial. Pero Panaderos es San Andrés puro y desde allí hacia acá, se nota la paz de un barrio que nace de la sombra. Es una calle de diferencia, pero se nota. Dos de Mayo parte el mundo en dos. Esa calle no es San Andrés y, sin embargo, el tramo de General Ruiz que une Panaderos con Dos de Mayo es San Andrés total, esa calle tiene sentimiento y ritmo andresino. Y habría que hablar de Panaderos. 

A partir de Caño Argales esa calle ya no es nuestra, porque el límite lo marca Nicolás Salmerón. Esas calles que unen Panaderos y Labradores en el tramo entre Nicolás Salmerón y la calle de la Estación son el extranjero, tan lejanos para nosotros como podría ser Parquesol. No sabemos qué hay, nunca hemos estado y en el mapa ponemos dragones. No así Ferrocarril, que es nuestro y lo es de modo indudable porque nuestros son los talleres de RENFE, que dieron trabajo a nuestros abuelos. ¿Por qué? Porque lo sentimos así, no se puede explicar, esa calle es parte importante de un barrio ferroviario y tímido, un barrio del centro, pero que ni es barrio ni es centro. O quizá sea todo a la vez. No lo sé. No se olviden que Las Delicias, el otro barrio ferroviario, es originalmente parte de San Andrés. Y que la gente de allí venía a misa a la parroquia hasta que construyeron allí las primeras iglesias. Luego se independizaron. Delicias son nuestras provincias rebeldes. No se lo tomaremos en cuenta.

Otro límite es Labradores. A partir de esa calle, ya se nota el ambiente de La Circular. Nada que ver con nosotros, las diferencias son insalvables y el hecho diferencial insuperable. Idem con José María Lacort, que marca la frontera oeste. A Mantería los acogemos con alborozo como parte nuestra, pero San Andrés central, el cogollo del meollo del bollo, la ‘crème de la crème’ andresina la marca la propia Plaza de San Andrés, la calle Vega, Hostieros, Cadena, Juan Agapito y Revilla -donde estuvo el primer Corral de Comedias de la ciudad, allá por el XVI-, la calle Detrás de San Andrés (Párroco Domicio Cuadrado o de la Calavera o, directamente, la calle de El Colmao), Pedro Lagasca, García Lesmes, Acibelas y el propio Caño Argales. Cuatro calles, la Malasaña pucelana, la cumbre del identitarismo ferroviario, artista y bohemio.

Porque desde mi casa se ve la de Delibes y en este barrio sitúa su segunda obra, ‘Aún es de día’. Aquí nació Eduardo García Benito y por aquí se veía a Manolo de Vega cantando flamenco, aunque nunca tan bien como su padre, ‘El Cele’. Y mis vecinos son Berzal, Chema Nieto y Rafa Vega ‘Sansón’. Ya me dirán ustedes el nivel.

Poca gente sabe que la plaza de la Cruz Verde se llama así por un acto de la Vera Cruz en el XVIII, que la iglesia de San Andrés era una ermita ya en el año 1100 y que antes de que se descubriera América, nuestra iglesia ya era parroquia. Y que allí se enterró a Álvaro de Luna hasta que se le llevaron a la catedral de Toledo, ya ven, qué manera de degradarlo. Nuestro barrio tiene 500 años de historia, que es el doble que todo Estados Unidos. Con mucho menos algunos se constituyen en nación. Pero eso da igual, la realidad es que este pequeño espacio es mi casa, no es el centro, no es un barrio, en realidad no somos nada, apenas una especie de San Marino, de Luxemburgo castellano, un Liechtenstein castizo y tranquilo desde el que simplemente vemos pasar la vida.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 19 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)