A los andaluces les pido que mañana voten lo que quieran, pero, por el amor de Dios, que lo hagan sin ilusión, que no tenemos doce años. Votar con ilusión y con esa excitación enfermiza que se gastan algunos no solo es intelectualmente preocupante sino, sobre todo, una horterada. A partir de cierta edad se vota como quien rellena el modelo 303 de autoliquidación del IVA, como quien entrega un impreso en el registro mercantil, como quien se casa por tercera vez, una cosa aseada, sin adornos, sin aliños y sin ese tonillo como de Blas Piñar que se le pone a uno cuando va a decir una chorrada. Para la derecha, la política no es un proyecto de salvación, solo un instrumento de gestión de lo público, aunque últimamente vemos que alguna derecha se parece demasiado a la izquierda extrema.

En cualquier caso, la pasión, la ilusión y la intensidad emocional la dejamos para lo privado. A los políticos les pedimos exactamente lo contrario. El sectarismo y el fanatismo irracional se limita a nuestra vida personal y a los partidos del Real Madrid. Es más, para que yo pueda vivir como un poeta y un soñador necesito que el político viva y piense como un mediocentro alemán con cuatro tarjetas amarillas. Gris y técnico como un lunes en Baviera.

Lo malo de conocer a muchos políticos es que resulta imposible seguir creyendo en nada ni mantener una mínima capacidad de entusiasmo. Y esto no es un hándicap sino todo lo contrario: el sistema es tan fuerte y depende tan poco de la capacidad de los líderes, que da todo igual. Hemos visto que la izquierda no es capaz de cambiar significativamente la reforma laboral ni desde el propio Gobierno. Y en lo económico, hace mucho que hemos cedido nuestra soberanía a Europa, lo que en realidad ha supuesto una aparición mariana en forma de orden de alejamiento.Desde luego yo me siento mucho más tranquilo sabiendo que los políticos españoles pueden hacer poco y que el sistema nos protege de sus ocurrencias. Eso nos ha salvado en el pasado y seguirá haciéndolo en el futuro. Y si el ejecutivo central no tiene poder real sobre la economía más allá de la retórica, imagínense la capacidad de una comunidad autónoma para luchar contra los ciclos como ‘El Llanero Solitario’ de ‘la Bética’, que, como decía Pedro Marcos, que era muy sevillista, era una provincia romana con nombre de tía borde.

Solo hay algo más decadente que un votante con ilusión y es un columnista convencido. Para votar y escribir bien hay que tomar una distancia cínica y montar un cordón sanitario preventivo, algo extraño en estos tiempos de adhesiones inquebrantables. Hay que actuar como un observador desapasionado, es decir, como un adulto curado de utopías, no como la secretaria del club de fans de Bustamante. Miren, Andalucía votará lo que le de la gana y el lunes lo contaremos con sordina en el entusiasmo y resonancia en el estilo. Y a partir del martes, que los camaradas vayan tras Lastra tomando las calles. Espérate a ver, no vayan a empezar por Ferraz.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 18 de junio de 2022. Disponible haciendo click aquí)