Una mañana de septiembre de 2013 dejábamos a Lucía por primera vez en la puerta del colegio, en el centro exacto de una fila india formada por niños de tres años que se miraban entre sí como los cachorros miran al primer rayo de la mañana. Ella sonreía con esa sonrisa forzada que le sale cuando está nerviosa y que conozco perfectamente, porque es la misma que tenía yo y que sigo teniendo cuando la dejo en filas indias llenas de desconocidos. Nueve años después recogemos por última vez, y en la misma puerta, a una niña de doce años junto a un grupo de amigos, muchos de los cuales lo serán durante toda la vida. Se van a comer a un ‘burger’, creo, a inflarse de grasas saturadas y de azúcar como vikingos el día de San Odín. 

La sonrisa nerviosa es la misma. La mía también. Pero ella no es igual, claro, nadie lo somos después de casi una década. Han pasado muchas cosas estos años, entre ellas una pandemia que ha afectado especialmente a esta generación, que, nunca olvidemos, ha dado una lección al mundo de generosidad, valentía y de madurez en momentos muy duros.

No, ella no es la misma. Ella es mucho mejor, como lo son todos los demás compañeros. Y lo son gracias a un extraordinario grupo de profesores que los han acompañado cada día desde entonces. Yo he sido educado en la educación privada y concertada y, quizá por eso, tenía ciertos prejuicios ante la educación pública. Pero lo que me he encontrado es algo muy diferente a lo que pensaba. Algo maravilloso. Y no solo académicamente, claro, los resultados son los que son y gracias a Dios no admiten dudas. Pero me refiero a los valores, al estilo, a la formación humana. 

A mí me educaron enseñándome que las personas no somos islas y que todos tenemos un compromiso con la sociedad, con los demás. Y que ese compromiso es eterno e inexcusable. Podemos hacer como que no pasa nada, pero pasa. Y podemos hacer como que no va con nosotros, pero va. Y Lucía ha visto cada día lo que es la integración, el respeto, la solidaridad, la amistad y el compañerismo. Más allá de la teoría. Más allá de una web.

Dicen sus profesores que hoy sale una promoción especialmente unida, creativa y cariñosa. Supongo que dicen lo mismo de todas las generaciones. Y hacen bien. Pero yo sé lo que he visto, sé lo que es un equipo volcado con los niños con necesidades especiales, con la integración motórica, con el respeto a la diversidad y la excelencia académica. Y he visto llorar a los padres de algunos niños al despedirse del fisioterapeuta, del logopeda o del psicólogo que ha dado todo por sus hijos. He visto el agradecimiento sincero de gente real hacia las personas que hacen realidad el precepto teórico de la igualdad de derechos y el derecho a la educación de todos.

No quiero entrar en un debate de educación pública frente a concertada o privada. Hay centros buenos y malos, ya está. Y los hay en todos los tipos de educación. Hay casuísticas, problemas y virtudes en todos y conviene no idealizar. Pero también conviene no mentir echando basura sobre toda la educación pública por intereses sectarios. No es hoy el día de criticar a nadie. Solo de agradecer profundamente a todos los integrantes de la comunidad del CEIP Antonio García Quintana y a las familias que lo integran. Como dice Lucía, «una puede salir del colegio, pero el colegio jamás sale de ti». Pues eso, hija. Que estos recuerdos te acompañen siempre. Y el agradecimiento profundo también. Hasta siempre, Quintana.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 23 de junio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).