El verano puede ser un castigo inhumano si tienes la mala suerte de que te pille debajo de un cocotero con una piña colada en la mano, ahí, tirado a la bartola en una playa de otro continente, sin nada que hacer y semidesnudo como un animalillo neurotizado, sin actividad, obligaciones ni horizontes. Sin embargo, puede ser una cosa maravillosa si la fortuna te bendice con un portátil, mucho trabajo y la sombra de un pino resinero ofreciéndote el soniquete martilleante de una chicharra obsesiva mientras el cielo te envía goterones de resina cálida y transparente y bocanadas de aire caliente como de peluquería de señoras. ¡Ah, qué maravilla la del verano en mi ciudad! ¡Qué paz la de estas mañanas frescas y soleadas como sábanas limpias! Uno ve a esas familias remontando las montañas y buscando el mar como salmones y no puede por menos que dar gracias a Dios por no tener que emigrar de aquí en estas fechas. Porque Valladolid en verano no es que sea Baden-Baden, es que es algo mucho mejor, es Biden-Biden: un gran poder con una inmensa caraja.

Pese a lo que se dice, hay muchas cosas que hacer. La mejor de ella es no hacer nada y ver la vida pasar trabajando mucho. Pero mucho. Las vacaciones no dejan de ser una anomalía, un parón artificial, un insulto a la libertad y a la dignidad del ser humano. Yo aspiro a trabajar todos los días, a disfrutar todos los días y a sacrificar un poco de mi bienestar todos los días para lograr compatibilizarlo todo, hasta alcanzar una rutina tan plácida que no hagan falta vacaciones porque ya nada podría ir mejor. Tirarme en una toalla quince días entre esa crema densa que abrasa, sandías tristes que lloran y una arena que vuela como una plaga de langostas no es mi ideal de vida. Llámenme extraño.

Yo me quedo en Pucela porque no hay nada similar. Yo quiero levantarme con el sol, sin mirar el reloj, de modo natural, como las gallinas y tras una ducha muy reparadora y una camisa muy blanca, desayunar en la Acera de Recoletos y leer cinco periódicos seguidos en una terraza, poniendo especial interés en las firmas que más odio de cada cabecera. Sin prisa, deleitándome en el sonido del papel al pasar cada página y en ese tacto cosquilleante de la celulosa en las yemas de los dedos, como un masaje sutil y mínimo. Puedes también disfrutar de la temperatura del Edén -que es la que hay en el Campo Grande exactamente a las 9:32 de la mañana- y simplemente abandonarte a tus sentidos con los ojos cerrados sabiéndote un privilegiado en la realidad de un mundo horroroso y devastado. Y pasear entre castaños de indias, ardillas adorables y pavos reales. A ver si se creen ustedes que los pavos reales no emigrarían si quisieran. Tienen pinta de asiáticos, de venir de algún país oriental y tropical. Y los tíos van y se quedan aquí. Y ojo, que tienen alas. Si no les gustara huirían como un trabajador con permiso de dos semanas. Y no lo hacen. Y si no lo hacen es porque no quieren, porque saben que se está mejor aquí, sintiendo en la piel estas sombras que huelen a flores raras y cuyos nombres desconozco. Y eso que, por culpa de mi gata, estoy a dos arañazos de que atribuyan mis brazos a Gregorio Fernández.

Una caña y unas aceitunas en la Pérgola, en la absoluta paz del oasis que forma y con la delicia del sonido del tráfico rodado de fondo. Ahora quieren cambiarla, me dicen, y hay varios proyectos. Mi apoyo lo tendrá el que no proponga ninguna novedad. No queremos convertir la Pérgola en nada que no sea ya. Queremos ancianas tomando café, hombres leyendo El Norte y niños abriéndose la cabeza en la fuente. Pero no me meteré hoy en estos jardines. Habrá tiempo.

Cuando caiga la tarde, por entero a los museos, las exposiciones, los conciertos y los libros. Una visita al Patio Herreriano o al Nacional de Escultura. A las salas de Pasión o San Benito. Música al aire libre. Un helado de Iborra. Un gin tonic en el Compás, un negroni en El Colmao, unos escabeches en El Bar, un pincho moruno en el Campero, una gamba en El Suizo. Un paseo por las Moreras, entendiendo como Moreras algo indeterminado que empieza en el Puente Mayor y termina mucho más al sur, quizá en la provincia de Segovia. Un libro en las terrazas de Jorge Guillén. Y las iglesias, ah, las iglesias. Puedes entrar en todas, en la más estricta soledad y simplemente sentarte a percibir esa paz y esa energía calmada. Y rezar un poco, que nunca viene mal. Hay mucho por lo que dar gracias.

Y si no te gusta, siempre puedes pasear López Gómez entero, para que se te quiten las ganas de vivir. Y después de eso, en ese estado de ánimo devastado por la derrota ya verás como te das cuenta de que cualquier plan es mejor y aprendas a valorar la calma, la belleza y la autoridad moral de una ciudad que se repliega. Y entonces las terrazas de la Catedral se convierten en Saint Tropez. Y el Mercado del Val son las Galerías Lafayette. Y Justo Muñoz es Harrods. Y la playa de Las Moreras es Biarritz. Y una chica vestida de blanco en una fiesta cualquiera es más bella que la más bella de Ibiza. Y un paseo por el centro es una maravilla iniciática, un Camino de Santiago circular que empieza y termina en tu cama y que nos recuerda lo maravillosa que puede llegar a ser la vida si la aceptas sin huir, como viene, bajando la mano, toreando por derecho y dando las ventajas. Estas ‘vallisoletanías’ paran hasta septiembre. Volveremos con la elegancia del otoño para contar de nuevo esta ciudad-imperio. Y con la primera tormenta, el primer cocido. Y entonces nos tiraremos a la calle con un jersey de lana para celebrar que estamos vivos. Y con un vino a esperar la primera cencellada. Y ya paro, que solo de pensarlo se me está cayendo la lagrimilla.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 9 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)