Para Enrique Ossorio, una pareja que gana 143.652 euros al año es clase media. Como se pueden imaginar, la izquierda está que trina con esas palabras del consejero de Educación de la Comunidad de Madrid, pero no le falta razón. Para mí también lo son. Una persona que gana 70.000 euros en Madrid no es rica, se pongan como se pongan algunos. Es una persona acomodada, que no debería tener demasiados problemas económicos. Pero no es rica. Ese salario bruto implica un neto de unos 3300 euros al mes en catorce pagas. Un buen sueldo, pero nunca millonario. Es una pareja de mandos intermedios. O un abogado y una ingeniera o una directora de comunicación y un autónomo al que le va medianamente bien. Hay que tener en cuenta que Madrid es una ciudad cara y esa pareja probablemente tendrá una hipoteca alta, dos coches, mucha gasolina que pagar y dos o tres hijos universitarios con muchos gastos. Efectivamente llegan a final de mes, es indudable. Y visten bien y veranean donde quieren. Y es probable que no necesiten becas. Pero son clase media.

La clase alta es otra cosa. La clase alta es dueña de empresas, sus ingresos no vienen de su trabajo, sino de sus activos y suelen tener esquemas vitales muy diferentes a los de esa pareja. Hay cierta confusión con el concepto de clase social. Hay ricos de clase social baja. Y gente con dificultades económicas que pertenecen a una clase social alta. Pese a la obsesión economicista de la izquierda, los ingresos no son la única variable que marca la clase. Hay otros factores importantes como la formación o el nivel cultural. Por ejemplo, el acceso a la prensa es un factor claro de clase social. La clase social baja no lee. Esto incluye a muchos pijos con pasta. Sin embargo, el acceso a la tecnología, que antes era un factor decisivo, ya no lo es. Se ha universalizado. Cuanta más cultura, más viajes y más círculos sociales, más abierta es una persona. Y por eso, es normal encontrar en las élites sociales, culturales y económicas a gente de izquierdas o, al menos, claramente progresista. Y al revés, no es en absoluto extraño que mucha gente de clase social baja vote a la derecha.

Toda esta confusión con las clases sociales entronca con la ruptura de los ejes clásicos de derecha e izquierda. El voto ya no viene marcado por lo económico o lo fiscal –es decir, lo racional–sino por lo identitario o lo mediático –es decir, lo emocional–. Por eso, aunque se pueda estar en desacuerdo con que haya que dar becas a esa pareja porque sea preferible orientar los recursos a la gente con ingresos más bajos, la decisión nunca debe ser entendida como algo sectario. Es muy probable que cuando das becas a gente que gana ese dinero, se las estés dando a gente de izquierdas. Y al recortar las becas a la gente más humilde, se las estás negando a gente de derechas. O, dicho de otro modo, llegamos a la paradoja de que Ayuso está en realidad becando a dos votantes de Más Madrid. Y peor aún: que Más Madrid se queja de ello.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 11 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).