Recuerdo el día en el que un aficionado le dijo a Curro Romero: «Maestro, le he seguido por todas las plazas de España, soy muy seguidor suyo, un devoto, un penitente, le he ido a ver torear a Nimes y hasta a América, pero nunca me he acercado a usted, siempre he estado a una prudencial distancia, nunca le he hablado, siempre he guardado respeto y son ya casi treinta años callado y en un estricto mutismo», a lo que Curro respondió: «¿Y lo vas a estropear ahora, ‘miarma’?». Así me enteré que nada le gusta tanto al maestro como la calma, la quietud y, sobre todo, el silencio. Lo mismo le pasaba a Camarón y seguramente por el mismo motivo: ambos estaban sobrepasados por los elogios y las palabras. 

El otro día, en la ceremonia de los Cavia, me enteré por Alberto García Reyes que, en realidad, no había nada que les gustara más a ambos que estar juntos. Era grandes amigos, se admiraban y su concepto de felicidad era estar durante días en la finca. Pero en silencio. Simplemente uno al lado del otro, sentados y hablando lo justito. Sin elogios, preguntas ni sesudas reflexiones.

Yo no soy Curro ni Camarón, pero les entiendo. Nada hay que me haga más feliz que estar con Mía, los dos solos en casa, en silencio, premeditadamente aislados. Y ojo, que Mía no es una californiana de curvas prominentes. Mía es una gata gris de dos años y poco más de tres kilos. Es delgada y eso que nada le gusta tanto como comer. Pero, en realidad, no es glotona, solo un poco envidiosa. La cogimos de la calle con tres o cuatro meses y tiene algo de feral, de salvaje. Es lo que tiene haber sido abandonada al nacer y tener que sobrevivir en la calle sin madre ni dueño, sin más maestro que su instinto ni más protección que la de un coche. No tengo ni idea de cómo sobreviviría, pero me lo puedo imaginar. Desde que llegó a casa nunca se ha separado de mí. 

Si escribo, se tumba detrás de la pantalla; si voy al sofá, se me pone al lado. Si veo la tele, escala a un mueble que hay encima y si me ducho, me espera fuera. Cuando vuelvo a casa está en la puerta, duerme a mis pies, me despierta a la hora y está siempre alerta para hacer lo que ella cree que es su trabajo, que es eliminar cualquier cosa que se mueva. A falta de culebras, ataca mis cordones. No hay ratones, pero ella está preparada para neutralizar a cualquier cosa que haya por el suelo, por si acaso. Le fascinan los pájaros y ataca a las moscas. Y a veces a mí. Porque me quiere, pero de vez en cuando me recuerda que no es un gato idiota como esos buenos y perfectos de los anuncios. Ella es un poco buena y un poco mala, una macarra nacida en la calle, un ser bellísimo que hace esfuerzos para comportarse bien, pero que tiene dentro la marginalidad y la violencia de la vida en la frontera. Y eso me hace quererla más.

Mía no habla. Solo me mira. Pero nos entendemos. Conoce mis rutinas, mis horarios y mis preferencias. Me respeta y yo también a ella. Le llamo ‘amiga’ y quien lo oye se ríe. Pero es que es mi amiga, siento por ella un profundo afecto y creo que ella también por mí, aunque sospecho que a veces me mira como diciendo: «Podría matarte si quisiera. Si no lo hago es porque, en realidad, me vienes bien, humano». Yo pensaba: «Qué pena de bicho, toda una vida encerrada en una casa y sin entrar en contacto con ninguna posible pareja de su especie». 

Ella me miraba a mí pensando exactamente lo mismo. Luego eso cambió, pero es lo de menos. Solo quiero decir que tengo un gato genial. Y como todo lo que escribo lo hago con ella a mi lado, también merece salir en una columna. Aunque no se lo pienso decir. Conociéndola, es posible que lo vea excesivo y prefiera seguir sentada y hablando lo justo. Mi gata, como todos los genios, sin elogios, preguntas ni sesudas reflexiones.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 14 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).