Todos quieren ser Macron menos Macron, que quiere ser Churchill. El mismo día en el que los franceses celebraban la toma de La Bastilla, –el momento cero del populismo–, el presidente francés se ponía británico para anunciar que lo que viene va a ser duro. «Sangre, sudor y lágrimas», dijo. Eso es exactamente lo contrario del populismo, un baño de realidad, los asteriscos en los análisis de sangre, el despertador del lunes diciéndote que se acabó la fiesta y que vuelve el metro, el ‘tupper’ con pasta y el idiota de Recursos Humanos. No estamos en mayo del 40, pero estamos en guerra, en una guerra mixta que se libra con ejércitos tradicionales, pero también con ciberataques, guerra financiera y, sobre todo, energética. Rusia las va ganando todas. Desde que invadió Ucrania el rublo se ha revalorizado un 150%, el euro se ha hundido y el dólar se ha hecho más fuerte. Estados Unidos nos mira como miran los triunfadores a los amigos que van directos contra un muro y Europa se arruina con la inflación. Todos los gobiernos empiezan a sugerir que el frío y el invierno dejarán de ser aspectos metafóricos para convertirse en algo físico. Uno, que es de Valladolid, sabe que el invierno sin calefacción no es ninguna broma. Y si, como parece, vamos a un racionamiento del gas, habrá que priorizar a enfermos, niños y ancianos. Es decir, hospitales, colegios y residencias. Una sociedad que se respete protege a los más vulnerables. Y, el resto, a no lloriquear. Volverán los sabañones, la tristeza y las mantas de Palencia. Y mientras Sánchez regala dinero, sonrisas y mechones blancos como los Gremlins malos, Macron anuncia que será necesario trabajar más horas, jubilarse más tarde y reducir el consumo de energía.

Todas las guerras terminan igual: con un tratado. En este caso, el tratado consistirá en ceder Crimea y el Donbass a Rusia y que Ucrania se comprometa a formar parte de la OTAN pero sin bases fijas en su territorio. Todo esto sucederá cuando le venga bien a Estados Unidos, es decir, a Biden, que tiene elecciones en noviembre de 2024. Y hay que llegar a ellas en paz y crecimiento. Ese es el escenario, barrunto. Todo lo que estamos viendo es apenas una manera de llegar a la mesa de negociación en una situación de poder y todos sabemos que se negocia mejor con un revólver en la mesa y los pies de Europa congelados.

Luego volverá el gas, la calefacción central en casa de la abuela y los niños con mofletes rosas. Y los cristales empañados y la nochebuena y el calor del amor en un bar. Todos tenemos ideales firmes hasta que llega el hambre y el frío. España es un adolescente caprichoso, malcriado y débil que no tolerará un poco de malestar ni aunque la recompensa fuera la vida eterna. Y además no tenemos a Macron, nuestro líder es un ala pívot con cuatro faltas personales. Un amigo dice que si la guerra dura lo suficiente, acabaremos defendiendo a Rusia con uñas y dientes. «Sangre, sudor y lágrimas», ¿dices? Mira. «Lucharemos en las playas». Dejémoslo ahí.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 16 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)