Yo soy un antimaldito, un buen tipo, apenas un padre, alguien que antepone el trabajo a la literatura y la literatura a la televisión. No hay mucho más. Escribir no es un oficio, o al menos, no es un buen oficio. Solo hay cuatro que ganen dinero con esto y no soy uno de ellos. Pero dejar de escribir por la remuneración es no haber entendido absolutamente nada. Se escribe porque Dios te ha dado un talento y hay que cumplir sus dictados como parte del trato vital. Se escribe como se reza, como se mece a un hijo, como se paga el IBI. Se escribe porque sí. Se escribe y punto. Pero primero hay que tener un oficio: médico, camarero, músico, puta, cura. Y luego, ya, a escribir. Por mandato, por necesidad, por diversión o por destino. A cambio de dinero, en ocasiones. En otras, ni siquiera hace falta. Pero para escribir bien, el primer consejo es no vivir de ello, no necesitar el dinero para pagar el gas. Solo de este modo se puede escribir libremente, sin la presión del pan, de la gloria o del jefe. Con presión uno tiende a escribir lo que el lector quiere leer. Y ese es el camino más corto al descrédito y a la vergüenza. Peor aún: es el camino al aplauso. 

No creo en la literatura de desván, en la bohemia ni en el romanticismo del escritor atormentado y pobre. La visión del artista como un ser infantil, caprichoso y con accesos de ira es errónea. Un artista es el que sabe más, ha visto más, ha pensado más, ha viajado más y trabaja más que el resto. Un artesano. Lo otro es solamente una idea retrógrada heredada del XIX y que hace mucho daño a mucha gente. La escritura como oficio es un engaño. Y Madrid, para el escritor engañado, es un engaño doble. Madrid es una ciudad cara para ser pobre y, precisamente por ello, es la tumba de mucho talento. Un escritor que podría escribir genial en Córdoba mientras trabaja en otra cosa fracasa invariablemente en Madrid al malvivir por sostener el disfraz. Y lo peor es que no hay salida, como en aquella canción: el pecado de ser provincianos en Madrid. No hay nada más paleto que abrazar el madrileñismo a costa de renunciar a tu esencia, a tu tierra, a tu gente y a lo que realmente eres. No hay nada peor que los provincianos que, en la capital, se vuelven más madrileños que la Cibeles y dicen que su ciudad se les ha quedado pequeña mientras viven anestesiados por las luces y el reflejo cóncavo del espejo del Callejón del Gato.

A mi me enseñaron a amar Madrid como a mi casa. No más, nunca menos. Porque es mi casa, la de todos. Pero con cabeza, sin paletadas y sin vestir a tu hijo de chulapo en San Isidro, por Dios, que no somos charnegos pidiendo permiso a los amos para integrarnos. Madrid no es eso. Es lo contrario a eso. Nuestra identidad, la castellana, es exactamente la falta de folklore y de jueguecitos. Lo correcto es ver a Madrid como tu tierra desde siempre. Así de mayor no harás el ridículo persiguiéndola a toda costa. Sucede lo mismo con el estilo.

(Esta columna se publicó originalmente el 18 de julio de 2022 en ABC. Disponible haciendo clic aquí).