Venía yo aquí a reivindicar públicamente los abanicos para hombres. Yo no sé por qué no se normaliza de una vez el uso de este prodigio para el público masculino, no entiendo por qué nos privamos de este pequeño invento de los dioses, de este regalo de la termodinámica, de este climatizador cañí y portátil que lo cambia todo en un simple gesto de muñeca, un gesto breve como de delantera de futbolín, certero como el saludo de un Windsor, ágil como la apertura de una puerta que, en realidad, es la puerta hacia la gloria. Yo quiero salir de casa con un abanico, pero un abanico que sea mío. No quiero esperar a encontrarme con una chica y pedírselo prestado, así como que no quiere la cosa, como si no lo hubiera planeado, cuando en realidad es lo único que quiero, lo único que busco desde el momento en el que salgo de casa, un abanico que ponga el mundo entero a la temperatura exacta del progreso y la civilización. El aire acondicionado está bien, no está mal, pero el abanico tiene algo superior, algo rudimentario, es pura mecánica, no hay electrónica ni programación. No hay ingeniería en ello, tan solo la mano del hombre. Y, por eso, el abanico es felicidad improvisada. Y sobre todo felicidad española, una felicidad indígena y costumbrista que convierte el tedio en alegría y el bochorno en terciopelo. 

Vivo obsesionado con ese encuentro casual, ese momento mágico en el que por fin me siente en una mesa con mi partenaire, mire de reojo la silla vacía que se interpone entre nosotros como el final de un verano y me encuentre con un bolso, un bolso medio abierto, un capazo veraniego hecho de esparto y sombra del que sobresalga levemente un abanico que se oculta como una sospecha: ligera, correcta, imperceptible. Y me haga el asombrado –«¡anda, un abanico!»–. Y suelte mi comentario como una plegaria. –«¿Te importaría si…?»–. Y por fin, llegue a mis manos esta joya ibérica, como el jamón. Y me abanique como si el destino del mundo dependiera de este ritmo sincopado y firme, me abanique como dándome cuerda. Y me de aire en la cabeza, en una mejilla, luego en la otra. Y en la frente. Y en el pecho, y en el cuello, a veces incluso en la colleja. Y parezco Locomía, lo sé, lo sé, soy consciente, pero me da igual, aceptaría parecerme a la mismísima Sara Montiel si lo que recibo a cambio es todo este placer climático, este pequeño paraíso sensorial que me lo da todo a cambio de nada, esta optimización magistral de los recursos que convierten el infierno en paraíso en un solo golpe de mano, invisible y homicida, como el de Ramón Sijé, pero dando vida y no muerte. Ah, que maravilla el abanico… Ella ya puede hablar de lo que quiera, puede recrearse en los detalles, puede soltar un monólogo como el de Lola Herrera en ‘Cinco horas con Mario’ acerca de no sé que destino turístico del sudeste asiático, que me da igual. Mientras yo tenga en mi mano este abanico portentoso, puede hablar Zaratrustra, que no se irá jamás la sonrisa de mi cara fresca y ventilada.

Pero yo sé que no me vale, no es suficiente, esta relación se me queda corta. Yo quiero más, necesito tener mi propio abanico, uno que sea mío, mi camino personal e intransferible hacia el frescor, un abanico viril y masculino, pero abanico al fin y al cabo. Un abanico con el logo de los Ramones, con el cartel de ‘El bueno, el feo y el malo’ o con una oración por Sorvino, me da igual. Un abanico. Y entonces encerrarme en casa para siempre y abanicarme en silencio, con los ojos cerrados y la epidermis vestida de primera comunión. Quiero tirarme en la cama con mi abanico y ver cómo ese tres por cuatro se convierte en un vals. En el vals de El Padrino. Y bailar con la mirada, y besar con los brazos, y cantar la de ‘no puede haber nadie en este mundo tan feliz’ de Víctor Manuel, pero sin nadie a quien dar la mano por el jardín, solo a mi abanico, a mi querido abanico español y mínimo que me acompañará a partir de ahora en este verano infernal y tórrido como un plato de albóndigas en la conciencia. Apenas eso.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Contra el verano’ de ABC el 26 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)