Encuentro en las actas del Concejo de Valladolid una epidemia en 1518, año en el que en la ciudad hubo Cortes. Se dio entonces una gran peste que hizo que murieran más de cuarenta personas al día y que los nobles tuvieran que abandonar la ciudad, con Carlos V a la cabeza. Incluso la Chancillería, el Tribunal Supremo de la época, tuvo que irse temporalmente. Al infante don Fernando –hermano de Carlos– le pilló en la ciudad, lo que resultó problemático y tuvieron que tomarse medidas importantes para salvaguardar su integridad. Ese infante Fernando acabó siendo Fernando I, archiduque de Austria, rey de Hungría y Bohemia y, a partir de 1558, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico que consolidaría la separación de la casa de Austria entre los Austrias españoles y los centroeuropeos. Es inquietante pensar lo que podría haber cambiado la historia con un simple contagio en mi barrio.

Delibes, lo cuenta así en ‘El Hereje’: «Hablaban de muertos en las huertas y las cunetas del camino, de la falta de médicos en los pueblos, donde los enfermos eran atendidos por sanadores y barberos cuando no por los mismos convecinos. Era el pan de cada día. Habían sido tantos y tan largos los meses pasados desde que se inició la epidemia que los vallisoletanos llegaron a pensar en la posibilidad de una peste permanente. No veían salida. Los meses transcurrían (…) mientras se repetían las cifras de las bajas con reiteración. Inesperadamente, iniciado el nuevo otoño, tras una pésima cosecha y un tiempo áspero, la Junta de Comisionados anunció que en el último mes únicamente habían muerto veinte personas de las dos mil hospitalizadas. En noviembre las bajas por la peste habían sido doce y cuatrocientas noventa y tres las altas dadas en los hospitales. Era como escapar de una nube tenebrosa, después de un año y medio sin ver el sol. La gente volvía a salir a la calle a respirar los aromas del tomillo y el cantueso para ventilar sus pulmones, se acercaba al Espolón Nuevo, tornaba a conversar y a reír. ¡El milagro se había producido! Y cuando en enero (…) las muertes por peste se redujeron a dos, la villa estalló de júbilo, se organizaron procesiones de acción de gracias a la ermita de San Roque y el Concejo anunció para la primavera juegos de cañas y corridas de toros. La peste había terminado». 

Ya en el XVII Samuel Pepys escribió sobre la peste que asoló Londres. La plaga acabó con uno de cada cinco, cifra ridícula comparada con la ‘peste negra’ que trescientos años antes acabó con uno de cada tres. Su letalidad fue tal que acababa con individuos sanos en catorce horas. Entonces, las campañas tañían cada poco a muerto. Esta vez no han sido campanas sino ambulancias las que cortaban el silencio como una navaja oxidada en un interminable concierto tétrico. Por lo demás, escasez de recursos, médicos que morían infectados, familias deshechas, ciudades abandonadas, el mismo miedo, la misma soledad. Cuando la epidemia comenzó a remitir, un incendio consumió la ciudad. John Evelyn nos cuenta que el 2 de septiembre, cerca de la calle Fish, el fuego acababa con la casa de Farryner, el panadero del rey. La cercanía de las casas hizo que ardieran a la vez trece mil, convirtiendo la noche en el resplandor aterrador de un horno triste. Se destruyó la catedral de San Pablo, cien iglesias, el ayuntamiento, la Bolsa y el Londres medieval se desvaneció en una noche, El día siguiente, sin tiempo ni para coger aire, comenzaron a reconstruir la ciudad, empezando, por supuesto, por San Pablo. Al caer la tarde, ya nadie recordaba una palabra de la plaga.

Nada de lo que nos sucede es nuevo. Lo único nuevo es la debilidad con la que nos enfrentamos a la realidad. Tomen nota de otros tiempos: a reconstruir la vida y a respirar el tomillo y el cantueso. La peste ha terminado.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 28 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí).