Como en Valladolid ya no queda nadie, me he venido a pasar el fin de semana a Santander, a ver si me encuentro con alguno de esos amigos que hace años que no veo. Porque esas cosas pasan, aquí me encuentro con gente a la que no veo en mi ciudad desde que acabé COU en el 96. Así que es llegar y comenzar a saludar. Dicen que lo primero que se nos pone moreno aquí a los de Valladolid son las axilas, y es precisamente por eso, porque te pasas el día con la mano levantada: la levantas para decir hola a alguien en el restaurante, en la playa, incluso en el hospital cuando aquella indigestión de ostras. Hace un rato, sin ir más lejos, bañándome en el Sardinero, me dio por bucear y, no sé si sería por que no veía bien o por lo mucho que me atrae un deporte tan pasivo como la apnea, pero la cosa es que casi me rompo la nariz contra unas piernas que, en el fondo, me resultaban familiares. Y resultaron ser las del gestor de mi banco, que me saludó con un cariño quizá excesivo mientras me llamaba ‘Carlos’. «No, no, yo no soy Carlos», le dije sonriendo, a lo que él me contestó «que sí, que sí, que tú eres Carlos, no seas cachondo». Debo confesar que tanta seguridad me hizo dudar, me pilló un poco fuera de juego y, quizá por el sol, quizá por la falta de oxígeno, pero durante unos segundos pensé que era posible que me llamara Carlos y que el del banco no solo no estuviera equivocado, sino que, en realidad, fuera el único acertado y el resto del mundo viviéramos en un equívoco, en una broma que quizá ha llegado demasiado lejos.

En cualquier caso, Santander puede ser muchas cosas, pero, por encima de todas, es un milagro térmico, un espacio creado por Dios para nuestro bienestar sensorial donde la temperatura oscila entre los 18 y los 23 grados, que es como nadar a braza las dos orillas del mismo río paradisíaco, calmo y quedo, para, al final, descansar boca arriba como la Ofelia de John Everett Millais. En Valladolid hay diferencias de veinticuatro grados el mismo día, que es como si hoy en Santander llegaran a los 6 bajo cero. Y claro, luego que si el carácter podrido, que si somos secos y que si no sé, pero, piénsenlo bien: ¿cómo quieren que seamos en Castilla? Las temperaturas extremas forjan personalidades recias. Y de ahí a conquistar continentes hay solo un paso. En cualquier caso, lo de conquistar continentes son nuestras costumbres y hay que respetarlas. Aunque una de las partes de Castilla que más me gusta es precisamente esta, Santander, que no es que sea Castilla, es que es su mismo corazón, su origen, su esencia. Algunos dicen que no, que Cantabria es previa a Castilla y yo les digo que la denominación prerromana y visigoda de ‘Cantabria’ tiene que ver con la comunidad autónoma actual lo mismo que la provincia Bética con una aficionada del Real Betis Balompié. Nada. Sin ir más lejos, leo hoy en el ‘Diario Montañés’ un magnífico artículo deJuan Luis Fernández en el que duda de que Cantabria esté correctamente clasificada como comunidad autónoma. Y yo creo que, en realidad, no duda, tiene la respuesta clarísima. Es cierto que luego dice que duda incluso de si puede ser incluida en las regiones civilizadas, pero ese es otro tema, en el que disiento. Aunque yo miro a la gente a la cara y todo parece normal, nada te hace pensar que puedan votar a Revilla. La vida.

Lo de Juan Luis Fernández lo dice en realidad por el Archivo Lafuente, recientemente adquirido por el Museo Reina Sofía. Y a mí me da cierta envidia: Santander, poco a poco, se va a convertir no solo en la maravilla que ya es, en este refugio de mar y de montaña, en este oasis gastronómico y en esta maravilla cultural, digamos que ortodoxa (Románico, Altamira, Catedrales, Pas, Santillana, Gaudí, arbolitos, sobaos, yo qué sé) sino, también, en un punto clave en la cultura y arte contemporáneo con esta sede del Reina y el maravilloso Centro Botín, motivo real de mi visita tras leer a Calero y a Laura Revuelta en este mismo periódico sobre Juan Muñoz.

Porque la temperatura está bien. Y el mar es bonito. Y las rabas, y el besugo, y todo. Pero no olvidemos que igual de bien está en otoño, cuando la lluvia fina nos cale los huesos y el corazón y escuchemos ‘If I Should Lose You‘, de Nina Simone, y nos pongamos una chaqueta como una coraza. Y volvamos a los museos, y a todo lo bonito de Santander le podamos sumar, además, un horizonte temporal que no termina nunca. Se llama vida. Se lo digo yo. Que me llamo Carlos.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Contra el verano’ de ABC el 31 de julio de 2022. Disponible haciendo clic aquí)