27/9/2017 CORUÑA . REPORTAJE DEL CRUCERO NORUEGO FRAM . FOTO DE MIGUEL MUÑIZ .ARCHDC

Hay pocas experiencias más complejas que los vuelos de corta duración: dos horas en un avión pueden hacer que cometas el error de encontrar la postura y dormirte. Yo nunca lo consigo porque creo que los vuelos tienen algo de milagro y, ante un milagro, lo mínimo que podemos hacer es mirar. Aunque ya nos hayamos acostumbrado, volar no es normal. De pequeño, mi madre me decía que no me preocupara, que nadie se muere la víspera, que cada uno tiene su hora y que aún no era la mía, a lo que mi padre respondía que vale pero que a él lo que le preocupaba realmente era que le llegara la hora al piloto. Porque íbamos a flipar todos. El humor siempre por delante de la tranquilidad de un niño, sí señor. Mi Españita.

Aunque todos los aeropuertos del mundo son en realidad el mismo, su aspecto puede cambiar varias veces a lo largo del mismo día. Así, un aeropuerto a las doce de la mañana es la ‘high street’ de una ciudad del medio oeste americano, con sus niños rubios y silenciosos, sus franquicias de comida rápida y sus abuelos cogiendo vuelos internacionales como yo cojo el bus número 15. Pero a las cuatro de la madrugada es diferente, el ambiente es el de la calle mayor de una ciudad manchega en el amanecer de un Domingo de Resurrección, cuando el borracho sale del ‘after’, el pajarillo sale del nido, se encuentran y se miran el uno al otro como diciendo: «En esta escena sobramos uno de los dos».

Es la hora reservada a los vuelos ‘low cost’ del verano y, por lo tanto, a los españolitos en chanclas que vencemos al sistema comprando billetes que tienen tanta inyección de dinero público que si se enterara Ursula von der Leyen nos echaba de la Unión Europea. No hay nada peor que un español en un vuelo de bajo coste o en el bufet libre de un hotel. Se nos nota el hambre histórico en la mirada, se nos ve la posguerra en cada gesto. Yo creo que podría distinguir a un español en un bufet de esos entre mil personas. Es el que justo ese día come muesli, cereales, kéfir, té negro y hasta melocotón en almíbar. Sobre todo: es el que se pone a hacer bocadillos de jamón y queso como si el mundo fuera a terminar y los guarda en el bolso con cara de estar guardando un alijo de cocaína.

En los vuelos baratos de una madrugada de verano, igual. Llegamos tres horas antes por si acaso y nos debatimos entre el dolor de la noche y el olor de la mañana, ese olor a gente sin duchar, un olor de bajo coste, como el vuelo, con un calor en la piel que se arrastra desde ayer envuelto en look de turista y miedo al idioma. Y las parejas que se abrazan porque se necesitan y se necesitan porque juntos superan el miedo que fingen no tener; es esa textura de café malo, ese apretón de despedida, esa absurda cola para entrar en un vuelo con asientos numerados, esa España que solo se fía del bocadillo de chorizo que tiene en el equipaje de mano y que impregna el aire de migas y de promesas.

Tengo enfrente a uno de esos personajes que hay en cada vuelo. Tiene treinta y pocos, patillas ultrafinas y gafas de sol en medio de la noche. Le he visto ya cuatro veces desde que he llegado: la primera saliendo del baño haciendo mucho ruido, la segunda hablando por el móvil a gritos, riéndose de modo excesivo, con todo el cuerpo, parándose para hacer pausas dramáticas, gesticulando con la mano que no sostiene el móvil –con quién narices hablará a las cuatro y media de la madrugada, bajo la luz diletante de su mala estrella–, la tercera preguntando por su maleta y la cuarta encontrándola cinco minutos después en el baño donde la escena empezó. Ese tipo de hombre que me tocará al lado en el vuelo, que se pondrá un antifaz para dormir, que bajará la persiana, que pedirá una manta porque tiene frío, que luego pedirá el aire porque tiene calor y que finalmente se quejará de la calidad de este vuelo de mierda, pero que jamás viajaría en ningún otro.

Supongo que por ese motivo –por los instintos suicidas y homicidas– hay una capilla en este aeropuerto ‘Perro Excalibur-Adolfo Suárez-Madrid-Barajas’. Porque ¿quién podría ir a un aeropuerto a rezar? ¿Quién puede ser presa del pánico hasta el punto de tomarse la molestia de pedir a Dios desde la capilla de un aeropuerto? Solo la novia de este señor pidiendo que el avión se estrelle y se vaya todo a la mierda. Sería para ella un alivio, pero no va a pasar, siempre hay mucha seguridad en un vuelo que une Madrid y Londres, es decir, la frontera de Al-Andalus por el norte con la frontera del infierno por el sur. De hecho, si algún día me vuelvo a casar lo haré en la capilla de un aeropuerto, lo acabo de decidir. Hay que facilitar la huida. Aunque advierto que hay pocas experiencias más complejas que los matrimonios de corta duración: puedes cometer el imperdonable error de coger la postura y quedarte.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Contra el verano’ de ABC el 24 de agosto de 2022. Disponible haciendo clic aquí)