Todos los viajes se han vuelto el mismo viaje porque todas las ciudades son la misma ciudad. La globalización tiene cosas buenas, pero también alguna mala, y de tanto uniformar, ahora caminamos por París como caminamos por Roma o por Chicago. Del mismo hotel al mismo Starbucks y de ahí al museo de turno a ver a los mismos artistas de siempre sin que nadie levante los ojos del mismo móvil. Y ya da igual la National Gallery que el Louvre, el MoMA que la Tate. La misma gente con la misma cara y el mismo olor al mismo ambientador en la misma cafetería con el mismo ventanal. Posteriormente un paseo por una plaza monumental, impersonal y populista hasta llegar a algún italiano donde tomar un café decente. Luego galerías similares y compras patrocinadas por ‘Lonely Planet’ en lugares ‘instagrameables’ hasta que, por fin, llega el momento de poder beber sin remordimientos. No hay nada más bello que emborracharse en otro idioma.

Yo quiero volver a viajar como antes. Volver a tener esa sensación de estar completamente perdido, sorprendido, a la expectativa. Y vivir la vida como soñábamos que íbamos a vivirla. ¿En qué momento nos empezó a importar más la inflación que la música? ¿Cuándo nos volvimos tan mediocres como para prestar atención a lo que diga un tipo como Patxi López? ¿Hace cuánto que no escuchamos lo que tienen que decir los artistas? Es más, ¿a cuántos conoces? ¿Cómo hemos podido pasar de hablar de sueños, de futuro y de amor a hablar de Ione Belarra? ¿Qué le ha podido suceder a una sociedad para perderse así el respeto y caer tan bajo? ¿Cómo hemos podido llegar a esto?

Hay que volver a mirar la vida con respeto, con intensidad. Como si nos la mereciéramos. Y viajar como peregrinos, como si fuera una absoluta extravagancia, un privilegio, una anormalidad dentro de una vida. Si eres capaz de hacerlo, verás cómo el museo se convierte de nuevo en ese lugar fascinante en el que robar creatividad ajena y del que salir escopetado para escribir como si se fuera a acabar el mundo. Y entonces, ese pequeño restaurante familiar en el que te han tratado como en casa se convertirá en tu sede fija y volverás cada día que te encuentres en la ciudad. Y allí acabarás conociendo a escritores que te harán llegar a pintores y, finalmente, a músicos con los que recorrer los lugares más recónditos del puerto.

Y cuando eso pasa, el bar deja de ser una ‘commodity’ con la misma lista de Spotify para convertirse en un escenario mitológico donde desconocidos con pinta de gente interesante te hablarán de las mujeres que se fueron y te dejan pagados whiskies caros. Y el Starbucks deja de oler a Starbucks para transformarse en un cafetín con aire bonaerense con tangos, o fados, o lo que toque. Y allí conocerás a una camarera que acabará en el hotel robándote todo y dejando una nota que ponga: «No me busques. Me voy con mi familia».

Nadie recuerda ya que la ficción fue nuestra mayor fábrica de realidad y, por eso, nuestra realidad acababa intentando imitar a la ficción: para hacerse soportable. La ficción es el sueño de la realidad como la mariposa es el sueño de la oruga. Pero ya nadie lee y, por eso, nadie sueña. Y así no hay quien viaje, no hay situación de predisposición al asombro, ni tolerancia al riesgo, ni adrenalina ante lo imprevisto. Y, entonces, los taxistas ya no se vuelven secundarios de la trama ni todas las mujeres son compañeras potenciales de historias inolvidables ni las brumas transforman la vida en literatura.

Volver a viajar de verdad es salpimentar la experiencia y poner un filtro en blanco y negro a la nitidez excesiva de un mundo sin alma. Volver a viajar de verdad es volver a vivir de verdad, bautizar de nuevo el mundo, ganar la partida al tiempo, perderse sin un comodín en el bolsillo. Ser un humano, no aspiro a más. Y frente al cansancio de este mundo conectado, contra la decepción inmensa de esta actualidad mediocre, contra una sociedad radicalizada e hiperpolitizada, volver a la vida real: libreta a la espalda, ojos abiertos, corazón altivo, móvil en casa, renuncia a las ventajas, mapa de papel. Te propongo algo: frente a estos viajes insulsos de verano, vive una aventura, desarrolla el sexto sentido, tira de callejón, vuelve a hablar con desconocidos, ponte el disfraz de ti mismo y piensa a dónde iría el tipo que un día fuiste. Pero ten cuidado. Te aviso que, si lo haces, nada volverá a ser lo mismo. Hay viajes de los que nunca se vuelve. Y quizá son los únicos que merecen la pena.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Contra el verano’ de ABC el 17 de agosto de 2022. Disponible haciendo clic aquí)