Los pijos de Londres abandonaron Chelsea y se vinieron a Battersea para estar separados de sus padres, pero no de su dinero. Un río entre medias parece suficiente barrera. Y, sobre todo, suficientemente sorteable. Aquí los tengo ahora mismo, a mi lado, exagerando ese acento de ‘public school’ para aumentar todo lo posible su distancia conmigo mientras me invitan a pintas para acortarla a marchas forzadas, como si se arrepintieran. Es la ambivalencia del que está acostumbrado a cambiar de punkie a lord en apenas media hora. Uno nunca sabe a qué carta quedarse en este pub Woodman en el que he entrado a ver qué pasa. Y la realidad es que no pasa nada. La Reina ha muerto hace diez minutos y la BBC preside el local. Hay un silencio amarillo, un silencio de incubadora y sala de espera. No es un silencio trágico, aquí no hay muñecas rotas ni gargantas partidas. La procesión protestante va por dentro y nunca hay campanas sonando a muerto. Solo silencio. Un silencio especial, lleno de adjetivos. Un silencio que rebosa recuerdos. Se oyen aviones despegando, trenes huyendo y un perro ladrando. Hay una alarma a lo lejos y un cielo gris. Buckingham Palace está lleno, lo veo por la tele. Pero en la calle no hay nadie. 

Y en los pubs solo hay calma. Al menos en la primera capa, porque si te fijas bien puedes ver varias capas superpuestas. Tras la capa naif para turistas, se puede ver la capa de papel sobre la que se pintaron los colores pastel, y detrás de ella el olor a cocina triste, las viviendas de protección oficial, los pubs sin moqueta, el alcohol amargo, las mujeres tristes, los negocios tapadera, los hombres invisibles soñando en lo que podrían ser si no fuera lo que en realidad son, el calor de este septiembre precipitado, el moho de las esquinas, un zorro que cruza y el silencio de la tarde cuando la pose se va, cae el telón y el Woodman estrena el decorado de nuevo.

Devastación

Y ahí, en el medio de la luz y la lágrima, en la cúspide de la indefinición, pregunto a Trevor, que está sentado en la barra ajeno a la escena. Y Trevor llora. «¿Qué como me siento? Me siento devastado». No puede contener la emoción y se va a fumar. Y Battersea se acerca un poco a España. «Ha sido siempre una gran mujer, educada, encantadora y agradable. Un gran mujer, una gran mujer…». Y alargan los puntos suspensivos y las miradas perdidas. A su lado Phil y Oliver, que rozan los noventa, asienten. «Ha sido una mujer irrepetible. Estamos muy tristes».

Carl, que es piloto, me dice que «no soy un gran monárquico, pero al fin y al cabo tengo 55 años. Hemos vivido toda nuestra vida con ella. Es una referencia fija. Todo cambia, menos nuestra Reina. Y digan lo que digan, todo el Reino Unido está hundido ahora mismo, amigo». Y yo le creo, pero lo dice como si rellenara un impreso para la piscina. Carl escribe versos de amor con la cara del que está resolviendo sudokus. Y yo, que resuelvo sudokus en octosílabos le abrazo metafóricamente con otra cerveza. Y me voy.

Un rato después vuelve a la mesa en la que escribo para preguntarme qué va a pasar ahora, cuáles son los siguientes pasos. Se los cuento uno por uno y el pub entero se gira para escuchar la conversación. Acabo explicándoles el protocolo de lo que viene en los próximos días y aceptan mis palabras como si fueran dogma de fe. Y entonces se acerca Joseph, el camarero. Y junto a él, Michael. Ambos coinciden en que el pub está como cualquier otro día. «Esto le afecta a la gente mayor. A los jóvenes nos da un poco igual. Era una gran mujer, pero la vida sigue. Su familia es otra cosa, todo a partir de hoy es una incógnita. Pero ella estaba por encima de todo». 

Y el pub comienza a llenarse de parejas de Tinder, de compañeros de trabajo, de una madre con sus hijos, todos con camiseta del Arsenal, y de ejecutivos que toman vino malo y que me hacen parar un momento para rezar por la Ribera del Duero desde la ribera del Támesis. Y aquí no pasa nada. Todos los que llegan, enterados de mi presencia, van viniendo a la mesa en la que escribo para contarme su inmensa pena. Su tristeza infinita. Me cuentan que ha fallecido la abuela común, pero se van y a la tarde se le pone pinta de una tarde cualquiera. Este pub es el salón de una casa, de una casa de madera con la luz tan baja como el estado de ánimo. Pero lo disimulan bien. En ese sentido, los admiro. La contención es la base del arte. Y yo, que venía a ver a Harry Potter, acabo el día lanzando salves por los Windsor. La reina ha muerto, pero los cuervos duermen tranquilos en la Torre de Londres.

(Esta crónica se publicó en ABC el 9 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).