Los libros del nuevo curso huelen a tinta, a papel y a ese pegamento tan característico con la que se encuaderna la ilusión. Es curioso, porque los libros del año pasado huelen a todo lo contrario, huelen a decepción, a miedo y a mediocridad. Las tapas están rotas, los bordes abollados y las portadas pintadas. En ellas hay firmas, dibujos, frases llenas de identitarismo adolescente y recuerdos de amigos. Entre ambos puntos solo hay nueve meses en línea recta, pero ya se sabe que la línea recta es el camino más corto solo entre dos puntos estúpidos. Los puntos de la vida se unen con curvas y a veces muy cerradas. Tanto que algunas terminan en ti mismo. Un curso está lleno de ellas. Pero no tan deprisa: estos días aún no ha pasado nada y, por ello, son diferentes; el mundo está impoluto y los cuadernos aún son solo posibilidades, sus hojas son blancas y perfectas. Sus espirales intactas. Y esas promesas recién hechas de empezar bien desde el principio, de guardar los márgenes, de escribir sin tachar, esas decisiones de cómo titular, cómo puntuar, el interlineado, la distancia del punto y aparte, el código de colores y, en definitiva, un libro de estilo que tres páginas más allá se irá diluyendo y que cinco después se habrá abandonado por completo, creando un aire muy parecido al del año anterior, con los mismos perros, los mismo collares, parecidas ausencias e idénticas presencias. Pero hoy no, hoy las casas aun huelen a forro, a plástico y a cadena china de producción. A bajos que se cosen y a oficina de objetos perdidos. Para los niños huele además a miedo, a profesor nuevo y a incógnitas. Para los padres, sin embargo, huele a paz tras tres meses a medio gas, trabajando como han podido, haciendo meriendas, lavando bañadores, echando cremas untuosas y calientes y compatibilizándolo todo con un trabajo presencial, como auténticos malabaristas del calendario.

Pero llega el comienzo de curso, una bendición para todos. Fundamentalmente para los padres, claro. Aunque a mí el comienzo de curso me gustaba y mucho. El colegio era lo de menos. Me gustaba porque acababan las vacaciones y volvía la rutina, pero también por volver a ver a los amigos, por rendirme a los horarios y por abrazar el otoño de Castilla. Yo recuerdo llegar a casa del Colegio y ponerme a leer en un suelo enmoquetado y verde mientras mi madre cosía en la máquina. Eran tardes larguísimas y en paz, con una luz tranquila y tenue y con la sensación de tener, por una vez, todo controlado, de no tener problemas y de existir solo para alargar esa sensación de orden e introspección junto a un libro. Mi madre ponía la cuarta sinfonía de Brahms en bucle y ya estaba. Aun hoy busco esa sensación. Y la encuentro. Paz, Brahms, lectura y otoño. Eso es para mi el cielo. Y eso es lo que no es posible en verano. Y luego a la calle, a pasear este Campo Grande que se convierte en un estado de ánimo. No hay un parque en el mundo que aporte esta sensación de retiro, de luz dedicada y de castillo abierto al cielo. Es una gozada pasear por aquí con mi hija, bajo este clima vulgar y esta luz como de haber perdido una oportunidad, una luz de último aviso. Pasamos la vida en la belleza melancólica del siglo XIX, entre animales voyeurs y árboles bucólicos que te abrazan al pasar. Explico a mi hija el lugar exacto en el que ha de esparcir mis cenizas cuando falte, eso sí, sin que nadie se entere, que creo que está prohibido. Se niega a hacerlo. Insisto, es mi último deseo. Me advierte que el suyo es no hacerlo. Me parece bien la posición de ambos, pero, aún así, algo me dice que voy a perder. Y que no voy a poder comprobarlo.

Estos días Valladolid se convierte en el escenario de ficción más real del mundo, en la quintaesencia del otoño y en una sensación intensa de paz interior. Vayas por donde vayas, hay niños con chándal y madres que llenan las cafeterías. Hay papelerías como santuarios, hay abuelos esperando en las puertas de los colegios y abuelas llenando los mercados de abastos. Los portales huelen a cocido y a pan. Hay perros, periódicos y algo de lluvia. Hay librerías diciendo tu nombre, pueblos que huelen a madera mojada y a humo de primera chimenea. Y Santo Domingo de Guzmán, donde se para el mundo una vez más. El Patio Herreriano te mira como si hubiera ganado la partida al verano y sus domingueros. El Museo de Escultura sonríe de medio lado. El árbol del Viejo Coso crece como una secuoya desde unas raíces son las nuestras. Los estudiantes llenan los bares de la Universidad por las tardes, salen del armario las chaquetas y vuelve la vida a las inmediaciones de Medicina. San Andrés vuelve a la vida. Y la vida vuelve a la tarde.

Y de repente todos nos convertimos en extras de una película, en actores secundarios, en un equipo inmenso que se despide de las ferias como quien se despierta de un sueño, sabiendo que los protagonistas de esta historia no somos ningunos de nosotros. Aquí la estrella es la ciudad. Y ella es la que manda. Son suyos los ojos con los que va la cámara y la que marca acción real. Nosotros nos iremos, ella se queda. Y los que vienen la mirarán con los mismos ojos, si les hemos enseñado a hacerlo. Son los ojos del corazón y de la vida. Son los ojos del recuerdo, que hoy vuelve a casa y que volverá cada vez que lo invoquemos con honradez. Comienza la vida real. Disfruten del espectáculo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 11 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí)