Tal día como ayer hace quinientos años llegaban a Sanlúcar de Barrameda dieciocho infelices famélicos y desarrapados tras haber pasado tres años de su vida dando la vuelta al mundo para Castilla, que es una gesta mucho mayor que conquistar la Luna, solo que lo hicimos nosotros, así que no le importa a nadie. Ni siquiera a nosotros. Salieron 247. El resto descansan en el fondo del mar, como héroes olvidados por el tiempo. Cuentan los allí presentes que los que consiguieron completar la gesta aparecieron tan delgados que jamás se había visto algo así. Y es lógico: no es que se conformaran con comer ratas, es que directamente comieron madera. 

Si a algunos le sientan mal los pimientos de Padrón, no quiero contarles cómo es una digestión de astillas. Por lo demás, la Nao Victoria, destrozada. Los cuerpos, deshechos. Hay un cuadro de Elías Salaverría en el Museo Naval que recoge el momento de la llegada dos días después a Sevilla y es sobrecogedor. Las miradas perdidas, las ropas rotas y los hombres descalzos portando un cirio. Dieciocho superhombres rotos.

Tras descansar y reponer fuerzas, Elcano es reclamado por Carlos V en Valladolid para informarle personalmente de los pormenores de la misión. Así que se viene. Aquí intercedió por el rescate de los tripulantes prisioneros en Cabo Verde y se queda una larga temporada para asistir a las reuniones de los expertos y dar su punto de vista sobre la posición de las islas encontradas. 

Elcano conoce aquí a María de Vidaurreta. No se sabe nada de ella antes de este encuentro y lo único que sabemos es por su testamento. La deja embarazada de una hija cuyo nombre no conocemos. Probablemente ni siquiera el propio Juan Sebastián lo supiera. Tampoco se sabe cual fue la casa de Elcano cuando vivió en Valladolid. O quizá sí que se sepa y sea yo el que no tiene la más remota idea, entiéndanme. Pero me extrañaría, he revisado todos mis libros y he puesto patas arriba internet y no he encontrado nada. 

Y como no he encontrado nada doy por hecho que no se sabe. Y como no soporto que no se sepa y que nadie tenga la menor curiosidad por saber donde vivió una de las personalidades más importantes de todos los tiempos, he decidido inventármelo. Donde no llega la historia llega la leyenda. Y donde no llega la leyenda tendremos que llegar nosotros.

Así que he encontrado en la Chancillería un pleito de un abogado en Valladolid de esa época que se llamaba Pablo de Vidaurreta. Y he decidido que esta persona estuvo ayudando a Elcano con sus desproporcionadas pretensiones ante la Corona. Y que este señor tenía una hermana muy guapa: María. Y que las pretensiones con la hermana también eran desproporcionadas, así que una cosa llevó a la otra y hubo un embarazo de una niña que nació en Valladolid, dejando para siempre la sangre de Elcano en la ciudad.

Quizá ese señor de la esquina de la barra, el que está esperando a que usted termine con el periódico es su descendiente. Y como este señor era letrado vivía con su hermana cerca de la Corte, quizá en la actual calle Torrecilla, una de las más devastadas de nuestra ciudad y que en su tiempo estuvo plagada de casas señoriales. Y entre todas las casas, he elegido el número 22 porque Ventura Seco sitúa al lado un Palacio y porque ahora vive mi amigo Alberto, que también dio la vuelta al mundo con su talento. Así que, a partir de ahora, cuando pase por el número 22 de Torrecilla voy a contar a todo el mundo que justo ahí vivió Elcano. Y si me creen seguiré después con las casas de Quevedo, de Góngora, de Larra y de todos los vecinos ilustres que vivieron mi ciudad y cuya casa desconocemos. Aunque a nadie parezca importarle.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 7 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).