Hay una diferencia entre liderar y pastorear. Los líderes no están para dar la razón a los suyos sino para quitársela, para decirles lo que no quieren oír y para llevarlos al lugar al que quieren llegar pero por el camino que no quieren coger, que suele ser el difícil, el menos obvio, el que no tomaría tu cuñado. Hacer caso a ‘la gente’ y repetir esa ordinariez de «recoger el sentir de la calle» –como si se pudiera– para escribirlo en una pancarta y ponerse al frente del rebaño es otra cosa. Te convierte en algo diferente. Quizá en siervo, quizá en estafador. Pero nunca en líder.

Un líder fue Gorbachov, que traicionó al Partido Comunista para no traicionar a su país. Un señor que firmó el acta de defunción de la Unión Soviética, que traicionó los principios del socialismo, que aceptó el resultado de los referéndums de independencia y que acabó con ese proyecto criminal. Y la historia le ha absuelto. No fue un demócrata, pero al menos fue un traidor y, llegado el momento decisivo, hizo lo que tenía que hacer, que es lo opuesto a lo que se comprometió a hacer. Un líder fue Suárez, que hizo exactamente lo contrario a «desempeñar el cargo de presidente del Gobierno con estricta fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional», que fue lo que juró. Y en su lugar nos trajo la libertad de partidos. Vamos, la democracia.

También fue un traidor Fraga, que presentó a Carrillo en el Club Siglo XXI. Cuentan que el 23- F Tejero iba diciendo que «Fraga, peor que Carrillo». Y el propio Carrillo, por supuesto, otro traidor que abandonó el ideal de la revolución proletaria, la república y la tricolor porque lo que realmente importaba era la democracia. Y ambos tragaron. Porque la paz implica pactos. Y los pactos implican renuncias. Y las renuncias te convierten en traidor. Pero evitan mucha sangre.

Otro traidor fue el Rey Juan Carlos. Gracias a Dios, porque juró cumplir las Leyes Fundamentales y guardar lealtad a los Principios del Movimiento Nacional y ni por asomo, claro. O Felipe González, que llegó al poder con la bandera de OTAN No y le faltó tiempo para tirarse en brazos de la alianza atlántica y llenar España de bases, pasándose por el forro su palabra por el bien del país. O al renunciar al marxismo. Eso es liderar. Liderar es lo que hizo Rajoy al no bajar impuestos como prometió o lo que hizo Aznar y hará Feijóo pactando con nacionalistas para librarnos de esta izquierda. O Francisco, que enerva cada día a los de siempre por tener la inmensa osadía de seguir a Cristo y de ser el Padre de todos. Ayer lamentaba la muerte de la hija de Dugin y les ha faltado tiempo para llamarle traidor. ¿A quién se le ocurre defender la vida siendo católico? ¿Qué será lo siguiente, amar al prójimo? ¿Perdonar? Vaya usted a saber, pero el que no esté dispuesto a enfrentarse a su palabra solo sirve a su soberbia. Y el que no esté dispuesto a enfrentarse además a los suyos se está rindiendo a su mayor enemigo. Y, mirado así, ¿existe una traición mayor?

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 3 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).