Estos días hemos asistido a un elogio cansino sobre la manera en la que los ingleses defienden sus tradiciones y cultura. Se nos han terminado los adjetivos para ensalzar la serie ‘The Crown’ como instrumento de propaganda y comunicación al servicio de una nación y de una Corona. Porque lo que se ensalza es Inglaterra, que es Castilla. El Reino Unido es España. Inglaterra mantiene un predominio sobre el resto al igual que lo mantiene Castilla y por el mismo motivo: porque se lo ha ganado. Solo un necio puede equiparar la importancia histórica de Inglaterra con la de Gales o la de Castilla con Aragón y mucho menos con Cataluña. En cualquier caso, nos lamentamos por no ser capaces de hacer lo mismo. Pero la realidad es que, si en España se hiciera lo mismo y en una superproduccción española se tildara a nuestro Rey de acomplejado, de pusilánime y de cobarde, veríamos a los mismos que hoy defienden ‘The Crown’ criticarla ferozmente por estar en manos ‘woke’ y al servicio de la hegemonía cultural progre y la Agenda 2030. Y nos lamentaríamos igual. Los españoles nos lamentamos siempre.

Y nos lamentamos porque nuestro problema fundamental es de autoestima, de fortaleza mental y de madurez. De toda España. De la derecha también. Es más, sobre todo, de la derecha. A los ingleses les da igual lo que pensemos de ellos. Y por eso ya han ganado todas las batallas. Recuerdo ver cómo hace veinte años ‘The Times’ se refería a Europa como «esos países de pasado fascista». Y ahora el Brexit. Que quede claro: ellos nos desprecian. Empezando por la Reina y terminando por Elton John. Y, sin embargo, España entera, y particularmente su derecha, vive obsesionada por lo que pensará de ella la izquierda, los ingleses, los franceses, el Vaticano, Sudamérica, los árabes, Twitter, la OTAN, la ONU, Eurovision y las nietas de Biden. Lo hemos visto hace poco, en un arrebato de paletismo: «Un éxito la cena en El Prado de la delegación de la OTAN». «España brilla ante el mundo». Miren, no necesitamos brillar. Esa cena será un éxito si sirve a nuestros intereses, que son energéticos, militares y económicos. No los hemos traído a ver Las Meninas. Brillar ante el mundo solo es un objetivo para un país obsesionado con venderse, es decir, para un país turístico. Somos mucho más y nos debe importar muy poco lo que piensen de nosotros. Somos lo que somos, hemos sido lo que hemos sido y no necesitamos ‘seal of approval’ de nadie. Menos de un inglés. Y matamos toros porque nos da la gana.

El día que la derecha española empiece a pensar como un ganador y no como un perdedor acabarán sus problemas. El día en que la derecha se comporte como lo que es, es decir, como la elite económica, intelectual y social, se acabarán sus problemas. El día en el que nos de igual quedar bien o mal y si nos odian o no, daremos un paso adelante. Es más, el día más importante será cuando por fin asumamos que ser odiado no solo es parte del juego sino la prueba final de que lo hemos ganado.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 12 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí)