Durante el año 2014, las televisiones de nueve países emitieron un anuncio titulado ‘Querida futura mamá’ en el que se podía ver a varios niños con síndrome de Down sonrientes y felices. El ‘copy’ era sencillo pero impactante: «Querida futura mamá, no te asustes, tu niño podrá hacer muchas cosas: podrá abrazarte, podrá correr hacia ti, podrá hablar y decirte todo lo que te quiere, podrá ir al colegio, podrá aprender a escribir… Tú niño podrá ser feliz. Como lo soy yo». La pieza en cuestión recibió varios Leones de Oro en el Festival de Cannes y cuenta con millones de reproducciones en YouTube. En definitiva, una joya ensalzada por todos. Bueno, no por todos. Un grupo de irreductibles galos denunciaron el ‘spot’ ante el Consejo Superior de lo Audiovisual de Francia, organismo que finalmente lo consideró inapropiado porque la felicidad en las caras de esos niños puede perturbar la conciencia de las mujeres que hayan decidido abortar a niños con síndrome de Down.

La Fundación Jérôme Lejeune optó por recurrir esta decisión al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, que finalmente ha declarado que sus pretensiones son inadmisibles. Como consecuencia, las personas con síndrome de Down tienen ya prohibido expresarse en la publicidad para que las mujeres que hayan abortado por este motivo no se sientan culpables, pobrecitas ellas, no vayan a pasar un mal día viendo a un niño sonreír. Y miren, lo de menos es que se carguen la igualdad de derechos, la dignidad o la libertad de sonrisa de las personas con síndrome de Down. Lo verdaderamente inhumano es que prohibir la alegría es obligar a la tristeza. Y eso es ‘bullying’ institucional. Parecen querer decirles: «Tú has nacido, sí, pero no se te ocurra ser feliz ni oses mostrarte contento. Tu felicidad es un espejo cóncavo que deforma la felicidad de gente mucho más importante que tú, como, por ejemplo, la de esa mujer que acaba de abortar a su hijo ‘Down’ y que se molesta si tú sonríes. A ti no te puede molestar que ella aborte, pero a ella sí le puede molestar que tú sonrías. Su estabilidad mental vale más que tu vida. Tu sonrisa es insoportable. Escóndete, al menos. Esa mujer está por encima de ti, que eres un error, una alegría perniciosa. A ver si te enteras de una vez que no tienes sentido, que tu vida es accesoria, algo feo adosado como una lapa a los recuerdos bonitos y con olor a nubes de las personas principales, de las personas ‘de verdad’ a las que no debemos molestar cuando ven anuncios entre serie y serie».

Pues miren, puede que esos niños tengan problemas, que no vayan a vivir la misma vida que los demás, que seguramente las dificultades duren para siempre y que, si es necesario, de ahora en adelante sonrían en modo subterfugio. Pero al menos sus madres podrán mirarlos a la cara y no pasarán por la inmensa desdicha y la vergüenza que ha de sentir la madre de ese juez francés cuando mire a su hijo a la cara. Y entienda quién de las dos ha parido a un monstruo.

(Esta columna se publicó originalmente el 10 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).