En el bus 44 nunca pasa nada y hoy no es una excepción. Tampoco pasa nada en la estación de tren de Clapham Junction ni en el trayecto de metro que une Victoria con Saint John’s Wood. No pasa nada en los bajos del oeste, allá por Portobello, que hasta hace poco apenas era refugio de jamaicanos y de ‘squatters’ exiliados y que últimamente se ha convertido en una especie de patria para cuarentones sentimentales que crecieron viendo ‘Pretty Woman’. No pasa nada en los polígonos de Barking, ni en los parques de cerca de Brixton y ni siquiera pasa nada en los teatros del West End, que conservan su olor a oportunidad perdida y a moqueta fría. 

Hoy no pasa nada especial en la ciudad en la que suele suceder todo. Y eso debe hacernos sospechar. Veo fontaneros de Pimlico en furgoneta, banqueros de la City en Aston Martin y madres que llevan a sus hijos al colegio como cualquier otro día. En el bus hay mujeres recién duchadas que hablan por teléfono con sus jefes y que se quejan de lo poco capacitado que está su equipo, profesores de yoga con cara de llamarse Reginald y cocineros con toda la pinta de formar parte del equipo de trabajo de la mujer recién duchada. El Londres real sigue su curso. Unos del corazón a sus asuntos, otros de sus asuntos al corazón y todos deseando que llegue el fin de semana para cargarse de temas y romper el silencio tenso del ascensor de los lunes.

Pero hay otro Londres. Ha estallado el turismo de la tristeza y su epicentro es Buckingham Palace. Llegan allí desde Green Park, desde Westminster y desde Trafalgar Square. Llegan por Picadilly Circus, por Belgravia y desde un Hyde Park desde el que oigo decenas de salvas en honor a la Reina. Aunque uno de Sevilla me ha dicho en el Brand que solo conoce a una Reina y que duerme en San Gil. En cualquier caso, solo ahí se comienza a notar un luto en el ambiente.

Domina el negro

Y en las ropas. El negro lo domina todo en una ciudad en la que llueve intermitentemente desde hace días, recordándonos a algunos lo que era el otoño e impregnando la escena de un aspecto de ‘new wave’ ochentera que, por cierto, le sienta de lujo. Londres es hoy un pantonario en el que solo se ve la escala de grises. Y Buckingham Palace parece Almonte el día del salto de la verja. Hay miles de personas llegadas de cualquier parte de Londres, del Reino Unido o simplemente turistas que, como yo, hemos tenido la suerte de estar en el momento adecuado en el lugar oportuno. Y periodistas, muchos periodistas de todo el mundo. Me atrevería a decir que en esta rotonda frente al Palacio hay tantos visitantes buscando flores como periodistas buscando visitantes. Se buscan unos a otros y se encuentran, siempre hay un roto para un descosido.

Hay unidades móviles, cámaras, sets de televisión y fotógrafos. Hay locutores de radio buscando cobertura, columnistas con cara de clochard y cronistas que se miran como si no se conocieran, que es, en realidad, la manera en la que se miran los que mejor se conocen. Y luego los personajes: el punki de Camden, la abuelita de Yorkshire, el cazador de los Costwolds; los inmigrantes llegados de India, las cheerleaders canadienses, los activistas gais. Me centro en el punki, claro, que me confirma que está triste, que esto trasciende a la política y a la estética, que los punkis también lloran y que, de hecho, ellos llevaban parches con banderas del Reino Unido por algo. Porque el punki es el ultimo dandi y hay que ser muy inglés para eso. 

Todos cuentan lo mismo, así que dejo de preguntar. A saber: que Isabel fue una gran persona, que era muy querida, que toda Inglaterra está triste y afectada; que no es una cuestión de monárquicos o republicanos ni de izquierda o de derecha, sino del sentimiento de un pueblo entero; que ahora se enfrentan a un nuevo tiempo con nuevo Rey, nueva primera ministra y todo es de incertidumbre; que la Reina lo vertebraba todo, que ha sido la protagonista de una era y, en definitiva, que todo el mundo ama a Isabel. 

En cuanto a Carlos, división: las más cafeteras no dudan de su valía y los más jóvenes no dudan de su parcialidad y propensión a meterse en charcos. Y en ese momento, en ese preciso momento en el que Helen, que venía de un lugar de Gales cuyo nombre no he llegado a entender, pronunciaba la palabra «charcos» hace acto de presencia el mismo Carlos III junto a la Reina consorte, bajo dos helicópteros como águilas imperiales. Y con total naturalidad comienzan a caminar entre el gentío, a pie, como toreros por la Puerta Grande dando la mano a todo el mundo, recogiendo los cientos de ramos de flores dedicados a su madre y leyendo los mensajes de cariño, mientras se escuchan los primeros gritos de «God Save The King», supongo que igual de espontáneos que los castings de Pedro Sánchez. Saben que para ser Rey lo primero es parecerlo, que no tienen una segunda oportunidad para dar una primera impresión y que las primeras horas serán cruciales para el devenir de su reinado. Por eso, a partir de ahora, todo tendrá mucho de teatralización. Un Rey vive para estos momentos y el resto es prescindible. Saben que es ahora cuando han de dar la talla y que hay compatibilizar la tristeza con la tranquilidad, la esperanza con la contención y la afectación con el autocontrol. Al fin y al cabo, en un mes todo habrá pasado y podrá cazar faisanes en la tranquilidad del lema de los Windsor: ‘Dieu et mon droit’, que no dista mucho de ese ‘Dios y leyes viejas’ del PNV, cambiando la txapela por el casco negro de un ‘beefeater’.

Encuentro en el suelo una postal dirigida a la Familia Real que transcribo literalmente: «A nuestra querida Familia Real: Toda nuestra familia está agradecida por la vida de nuestra Reina. Estamos orgullosos de cómo ha guiado la nación hacia Jesucristo. Con oraciones para el Rey Carlos y para toda la Familia Real, se despide con cariño la familia X, de Bristol, la familia Y de Alemania y la familia Z de Azerbayán». Y creo que esta postal dice mucho del sentir general: agradecimiento, cariño y a seguir. Este es el tono en Inglaterra.

Pese a lo que les digan, la sensación en las inmediaciones de Buckingham Palace es de tranquilidad, de paz y un cierto aire de festejo. No es un festejo explosivo, pero sí que se percibe algo de folklore. Es la aceptación sin estridencias de la muerte y el agradecimiento a una mujer que ha muerto sin sufrir y con el trabajo bien hecho. Yo firmo.

La palabra clave

Y uno tiene la sensación de que quizá en España se esté magnificando el asunto. Los mitos crecen en la distancia. En la cercanía solo crecen las dioptrías y los pelos de la barba. Y en Londres, en la cercanía de este bus 44 en el que vuelvo a casa, la palabra clave es normalidad, le pese a quien le pese. No hay escenas graves, no hay impostaciones ridículas, exageraciones ni mucho menos demostraciones de patriotismo furibundo. Solo respeto, calma y silencio. Por eso llama la atención el apasionado amor que ha surgido por Inglaterra desde mi país. 

Oigan, llámenme raro, pero yo a quien quiero es a España. Lo normal para cualquiera que conozca nuestra historia sería limitarse al respeto diplomático hacia el Reino Unido y su monarquía. Pero ni un gramo más, ni una bandera a media asta, ni un segundo de luto. Ellos no lo harían. En cambio, hoy vemos a patriotas españoles rendidos sentimentalmente a Inglaterra y a republicanos convirtiéndose de modo paulino a la monarquía, siempre que no sea la suya. Miren, yo me he acabo de hacer pasar por protestante para poder entrar en Westminster y confirmarles así a ustedes que allí tampoco pasa nada.

Pero me he sentido tan culpable y tan cercano a la herejía que he corrido a San Pablo a confesarme y a soltarles una donación para sus cosas. Las mías nunca serán las de los protestantes. Y mucho menos las de Inglaterra. Me acuerdo de Blas de Lezo y sonrío en el ‘toilet’. Y a Barajas.

(Esta crónica se publicó originalmente en ABC el 10 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).