Este martes lo vi desaparecer en un cortejo fúnebre con una parte de ave migratoria y otra de funeral Windsor. Se iba en un camión, como se va la basura y los soldados, en silencio, sin gestos de pena y sin duelo. El kiosco de Cruz Verde se ha ido sin ‘Lord Chamberlain’ ni gaiteros. No ha sonado la campana de San Andrés y no he visto en su honor orbe ni cetro. No ha habido colas para despedirse y nadie ha llevado flores. Se ha ido sin más, con un aire de autónomo muerto y de tráfico lento, y ha dejado en la calle una oquedad extraña, una masa transparente que nunca será aire sino intento de aire, apenas un recuerdo. Ya conocen el ‘síndrome del miembro fantasma’, cuando alguien pierde una extremidad, la sigue sintiendo durante un tiempo. 

El sistema nervioso no asume la pérdida, el cerebro manda señales y parece que el miembro amputado sigue ahí. Pero, por lo que se ve, esas sensaciones no aparecen sólo cuando se pierde una extremidad sino también con otras partes de tu cuerpo como un ojo, un diente, un kiosco. No he visto en el barrio coros ni ‘beefeaters’, no había cañones ni cuervos. Ni un código más que el de circulación o el de retirada de residuos. Ni un símbolo más que el del dólar, llorando de pena.

No ha sido el único. Por la tarde vi otra masa idéntica en Duque de Lerma. Otra masa de aire caliente, como una turbulencia. Vibra cuando pasas. Ya no hay kiosco, se lo han llevado al vertedero, junto a los calcetines rotos y las cáscaras de sandía. Observo y me sorprende que nadie sea capaz de atravesar su ausencia. La gente esquiva el suelo que una vez acogió el kiosco y lo respetan como si aún estuviera presente. Lo rodean. Antes también lo rodeaban, claro porque al igual que el número de parejas felices que se divorcian es cero, el de kioscos rentables que se cierran también lo es. Si cierran es porque ya nadie compra periódicos, porque los kioscos se esquivan, aunque esto no se lo debería decir a usted, que si me lee es porque no forma parte de ese grupo. 

Me recuerda esto al cura que echa la bronca precisamente a los que van a misa. No importa, porque antes de asumirlo del todo, ya a última hora vi a la funeraria de kioscos merodeando por San Pablo, con su frío de tanatorio y su guadaña. Me temí lo peor. Y efectivamente, así fue, me dicen que se van a llevar también el kiosco de la plaza junto a sus compañeros, como toros que han muerto con la boca cerrada y la dignidad intacta. Serán cenizas, pero tendrán sentido: chatarra serán, mas chatarra mitológica. Me dan ganas de comprar uno y ponerlo en mi casa, en medio del salón. Y desde allí escribir columnas como esta. Echarme la siesta en verano, convocar reuniones los jueves, invitar a mi gata a ruedas de prensa. Despachar chocolatinas y revistas del corazón. Un kiosco que muere es una derrota, la tragedia de un mundo que se acaba.

Nos queda Alejandro en Calderón y Maite en Plaza España. Nos queda Carmen, al otro lado del túnel de Labradores, que durante lo peor de la pandemia hervía cada noche las monedas para dárselas limpias a los ancianos y a los niños. Y que no se contagiaran. Nos queda Fuente Dorada y la Plaza de la Rinconada. Nos queda Plaza de Zorrilla y Constitución. Y Teresa Gil. Y Mantería. Y Paseo de Zorrilla y muchos más que no tengo controlados. No sé el tiempo que les queda ni tampoco sé el tiempo que me queda a mí, pero mientras ambos estemos de pie nos veremos la cara cada día en un encuentro que es mucho más que papel. Somos símbolos de una resistencia heroica -oh capitán, mi capitán- y al comprar prensa en un kiosco, en realidad estamos defendiendo un modo de vida. Y, visto lo visto, también un modo de muerte.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 22 de septiembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí)