Ahora que ya no existe emergencia sanitaria de ningún tipo por SARS-CoV-2, pese a que a usted se lo oculten, llega el momento de hacer balance de lo ocurrido en pandemia, con el objetivo de aprender de los errores y de no volver a cometerlos. Porque el fracaso ha sido mayúsculo. Han fracasado los políticos, los científicos, los analistas, la cúspide sanitaria y, por supuesto, la sociedad. No podemos olvidar que hemos aceptado sin rechistar que secuestraran y encerraran a nuestros mayores en residencias para que murieran solos y sin consuelo. No podemos olvidar que han prohibido no solo que nos despidamos de ellos en su último aliento sino incluso ir a su entierro.

No podemos olvidar lo que han hecho con los niños, obligándolos a vivir aterrados, con mordaza y generando cuadros de ansiedad colectiva cuyas consecuencias estamos viendo ahora en forma de una nueva pandemia, la de la salud mental y los suicidios. No podemos olvidar que hoy mismo, sabiendo que es absurdo, somos el único país de Europa que acepta dócilmente la mascarilla obligatoria en transporte público, supongo que hay muchas comisiones que repartir, pero no lo tengo claro, puede que sea por simple ineptitud. No podemos olvidar las restricciones a salir de casa por horas, el límite del kilómetro cuadrado, las prohibiciones para moverse por provincias, el gel hidroalcohólico obligatorio para entrar a una tienda sabiendo que el contagio se daba a través de aerosoles. Pero qué más dará. 

No podemos olvidar a la gente saludándose con el codo, los parques de niños clausurados, no debemos olvidar que, aunque ahora callen avergonzados, ha habido quien ha defendido que la vacuna fuera obligatoria, es decir, que el estado te llevara a la fuerza a pincharte un brazo contra tu voluntad. No podemos olvidar que ha habido gente con nombres y apellidos que ha defendido un pasaporte para que los no vacunados no pudieran entrar en ningún lugar público e incluso que hay quien ha pedido con el fervor de una secta de Ohio que a los no vacunados se les prohibiera trabajar.

No debemos olvidar que aquí han convencido a la gente para no cenar en Nochebuena con sus hermanos si no estaban vacunados. No debemos olvidar a los que nos prohibieron las mascarillas cuando pensaban que eran buenas, para no generar alarma, que son los mismos que hicieron que las mascarillas fueran obligatorias cuando sabían que no tenía sentido, para generar la misma alarma. No debemos olvidar que ha habido quien, sabiendo perfectamente lo que había y teniendo todos los datos –ya lo sabemos–, ha mandado a la gente al matadero en manifestaciones, anteponiendo la ideología a la vida, que se han inventado grupos de expertos que no existían, mintiendo a la gente y despreciándonos una vez más. No debemos olvidar que han limitado nuestros derechos fundamentales y nos han recluido en casa de modo ilegal y que aún no ha dimitido nadie. Y no debemos olvidar que esto lo han votado todos los partidos, menos Bildu, por cierto, cuyo amor a la vida conocemos perfectamente.

Y aquí hemos callado todos, incluida la prensa, que pretendiendo actuar con responsabilidad hemos sido correa de transmisión de mentiras oficiales. Y me aterra lo dóciles que hemos sido, lo fácil que es convencer de lo que sea a la sociedad, lo cerca que estamos de aceptar una dictadura llegado el momento, lo cobardes que somos para defender nuestros derechos y nuestra libertad, el gregarismo de la sociedad, el olorcillo a rebaño, lo frágil que es el sistema a pesar de todo y la ausencia de inteligencia global. Pero, sobre todo, me aterra que no hayamos aprendido nada y que esto sucederá de nuevo mañana. Aunque espero que, al menos, para prohibirnos sacar a nuestros padres de una residencia necesiten a mucha policía y armada hasta los dientes.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 10 de noviembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).