Garci se sienta en el centro exacto de la media tarde. Es una hora indefinida en el portalón de la Casa Grande de los Garabito, el jazz llena el ambiente de penumbra y convierte en tarde todo lo que toca. En concreto, en tarde de invierno, lo cual no deja de tener cierto mérito porque hace tiempo que es de noche y todavía es otoño. Como dijo Guillén de Lorca, «cuando estás con Federico, no hace ni frío ni calor. Hace Federico». Cuando estás con Garci pasa lo mismo, al día le sale un crepúsculo otoñal y urbano en el que los coches pasan por encima de la lluvia de anoche y suena jazz. Al tipo la butaca le queda perfecta, pero es que a algunos lo que les queda perfecto es el mundo. En Garci, como en Curro, todo fluye con una agradable sensación de naturalidad, de lógica desafectada y tranquila. Si hay hombres que miran con cara de estar resolviendo raíces cuadradas, Garci mira como si ya las hubiera hecho todas y conociera los resultados. Parece que está tarareando una canción, pero, en realidad, pone banda sonora a la vida. Supongo que para quitarle el sabor a crudo.

Garci cruza las piernas, extiende la mano y degusta un cóctel con media sonrisa y los ojos achinados que le salen cuando es feliz. Jorge Bustos se acerca a la butaca despacio, se arrodilla y besa su mano diciendo: «Padrino». Garci pone la mano en su cabeza para darle la bendición como si lo hubiera ensayado mil veces y, entonces, se para, mira a un punto fijo en el techo y dice gravemente: «Menos luz». Y la luz se baja, no sé cómo y no descarto que fuera un milagro. La escena sigue unos segundos más hasta que las risas y los aplausos toman la estancia, pero, en realidad, daba igual, yo me había ido hace tiempo y mi cerebro se había quedado en el momento en el que me di cuenta de que Garci, en realidad, estaba dirigiendo una película. No hacía de protagonista ni siquiera en su propio homenaje. No se puso en la situación mental de Al Pacino sino en la de Francis Ford Coppola, porque el oficio le sale como un automatismo y, de modo instintivo, estaba buscando la luz de Rembrandt de ‘El Padrino’, ese claroscuro tan característico. Delante de nuestros ojos, Garci modela la realidad a través de la luz y así resalta la belleza y el misterio, matiza el dramatismo y detiene la vida en la retina, sin artificios y con la sabiduría de aquel al que le basta con dominar la oscuridad para que la luz siga ganando a la sombra.

No hizo nada más. Asumió su liderazgo de modo natural, sin arrebatos y movido por un compromiso con la belleza. Y dirigió la vida. Descubrí entonces que Garci se limita a colocar el mundo como debería estar. Y así, sus silencios son acotaciones para que otros hablen y sus sombras un recurso para que otros brillen. Se lo intenté contar y me dijo que vale, que muy bien pero que qué buenas estaban las verdinas de Paloma. Y entendí que para vivir como soñamos no hace falta brillar más, sino, fundamentalmente, lo contrario. O, dicho de un modo más certero y exacto: menos luz.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 12 de noviembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).