Cuando mi hija se aburre, que es siempre que le quito los dispositivos con pantalla, le digo que solo se aburren los tontos y que puede jugar, pintar, leer, escribir o escuchar música. Suena a padre antiguo, pero es lo que hay. Yo he leído mucho en mi infancia y sé que hay libros que tienen una edad. ‘Guerra y Paz’ requiere de adolescencia y de un verano por delante. No se puede leer a Tolstoi cuando ya haces la declaración de la renta, es tarde para eso. Hay una edad para leer a Baroja, a Dumas, a Verne y requiere de evolución. Pero la base es la base y tiene sus tiempos. Ella más o menos entiende esto de la lectura, aunque no me haga ni caso, pero lo de la música le llama la atención. ¿Cómo que escuchar música? Para ella escuchar música no es una actividad en sí misma, solo el telón de fondo, algo secundario, el acompañamiento de otra cosa más importante como ducharse, conducir, bailar o escribir columnas. Pero nunca se ha planteado que escuchar música fuera un hobby, un placer, una actividad independiente de otra.

Le digo que, cuando yo era niño, me cogía cualquier disco de casa y me pasaba las horas muertas escuchándolo, una vez tras otra. Me leía las letras, los créditos, conocía de memoria los autores, el productor, los ingenieros de sonido, los estudios donde había sido grabado y hasta el último arreglista. Por cierto, que, a ser posible, me ponía los cascos para no molestar a mis padres si dormían la siesta, que era sagrada, aunque ya he aceptado que esto terminó con nuestra generación y ya ni un chaval es capaz de respetar a un progenitor que duerme. Pero vayamos a lo importante: yo he pasado miles de horas escuchando música. Haciendo solamente eso. Seguramente junto a un boli y un papel para puntuar aspectos de cada canción como el jurado de la OTI y un diccionario de inglés para aprender las palabras que no entendía. Y así me aprendí la discografía entera de Dire Straits, por ejemplo. Era un placer tremendo. Y, claro, cuando creces así, lo más probable es que busques amigos similares. Y entonces ellos te descubren Depeche Mode, Guns N’ Roses, Metallica o AC/DC. Y así empezaba el tráfico de cintas piratas. Y cuantas más cintas, más horas dedicadas a la música. Un día te ves con una guitarra española colgada, te aprendes los acordes y ya no solo escuchas música, sino que intentas sacar esas canciones para tocar por encima. Y de ahí a una imitación de Fender Stratocaster hay un paso. Y entonces un amigo se compra un bajo, otro un teclado y otro una batería de segunda mano y pasa lo que tiene que pasar: que montas una banda. No hay nada más sano –al menos mentalmente– que pasar tu adolescencia intentando hacer arte en un local de ensayo, que huele a adrenalina, a cables y a química. A colillas incipientes, a cerrado y a ese material aislante que suele haber en las paredes para separar el mundo en dos e insonorizarnos a todos: a los del interior de la vida real y a los del exterior del ruido que hacen los sueños de un chaval de quince que descubre a la vez los Pixies y el pedal de distorsión. Y conoces a otros grupos en los locales de al lado. Y esos te presentan a otros y empieza a haber un circuito de bandas que van a ver a otras bandas y que tocan en directo para mejorar, para marcarse hitos y para verse a si mismos como estrellas del rock, que es de lo que se trata. Y entonces el bajista se va y llega un primo del batería de otra banda. Y se fusionan grupos. Y así durante años, llevando conocimiento y experiencias de local a local. Y todos los fines de semana viendo música en directo, en salas llenas de humo, de botellines de cerveza, de gente de nuestra edad y también más mayor, en una especie de familia gigante que era la que formaban los músicos de mi ciudad. 

Había música en directo por todos los sitios: yo he visto a Ramones en Mambo, aquella mítica Komplot de Zaratán donde vi a Héroes del Silencio, Extremoduro o Los Suaves, entre otros muchos. Recuerdo Amaral en La Salamandra, a Quique González o Corcobado en Subterfugio y aquella sala Wallaby de Parquesol donde tocó toda una generación. Y por supuesto el Café Teatro, local que merece un texto en exclusiva. El Desierto Rojo, la Sala Heineken-Black Pearl, Mal Bicho, Asklepios, donde recuerdo ver, por ejemplo, a Manta Ray con Nacho Vegas. O el Café España, su flamenco, su jazz y la visita anual de Krahe. O el Tio Molonio de aquella primera época con Charlie, y, por supuesto, Porta Caeli, que hoy por hoy sigue dando guerra. Hay muchos más, pero es que da igual, todo bar programaba eventualmente música en directo y cada fin de semana había decenas de posibilidades para ver no solo bandas locales sino nacionales o internacionales. E íbamos a todo. Era interesante, la actualidad no es solo política y para conocer lo que está sucediendo en tu país hay que conocer lo que pasa en los bares, en los restaurantes, en los museos, en las galerías, en las salas de exposiciones y, sobre todo, en las salas de conciertos. Igual que se iba al teatro, al cine o a los toros, se iba a conciertos. Por ocio, por disfrute, por la música, por el ambiente y por respetarnos un poco a nosotros mismos y nuestra sensibilidad hacia el arte y la cultura. Allí conocías gente. Y eventualmente te enamorabas. Y el resto ya se lo saben.

Luego llegaron los ordenadores potentes y, con ellos, los chavales descubrieron que, para hacer música, no hacía falta un colega bajista, ni un primo batería, ni el vecino con el teclado: basta con el Logic Pro para tocarlo tú todo en la habitación. Y nace otra cosa, la música se vuelve individualista y ya no es ese arte coral de cuatro amigos que ensayan para compenetrarse y hacer algo juntos, como un equipo lleno de ilusión. Y como no hace falta más gente y la música la puedes hacer solo, ya no se puede tocar en directo, es suficiente con subir la pista a YouTube. Y si no hay conciertos no hay salas de conciertos. Y las tardes de los viernes se vuelven una cosa gris, mirando una pantalla, un reel de Instagram y una aplicación para ligar. Y como tus amigos están dando el coñazo en el grupo de Whatsapp, tienes el espejismo del contacto constante y ya no hay motivo para salir de casa a pasar frío y ver grupos. Y la creatividad se convierte en una extraescolar. Y el arte acaba siendo eso que hacían los viejos mientras ellos dedican su juventud a mirar un móvil sin saber que, sin música, sin arte y sin compartir todo eso con amigos, la vida no es más que un eterno domingo por la tarde sin la esperanza del café del lunes.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 13 de noviembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).