No tengo muy claro si a Hueso este texto le gustará o no, quizá mucho, quizá poco y quizá nunca llegue siquiera a enterarse de que esto ha sido escrito, que es lo más probable. Vaya usted a saber, el Café Teatro es una puerta interdimensional, una falla en el continuo espacio-tiempo, una incógnita maravillosa con sus particularidades y su mitología propia, pero Hueso… eso ya es otro nivel. Hueso es una especie de hechicero de Aluche, como Panoramix de joven, el Mesías de Aranda y el virrey de Cánovas del Castillo. Y, como tal, está a sus cosas, que nunca hemos llegado a poder concretar muy bien cuales son, porque nosotros no somos todo eso a la vez, pero son las cosas de Hueso, sus movidas. Es posible que diga que «muy bien, Peláez, Tronco», pero, aún así, que el texto «no va con el espíritu del local». Yo nunca he sabido cuál es el espíritu del local, lo llevo buscando veinte años, quizá sea ese tal Rano que le ilustra todo o quizá sea algo que está escondido en el servicio de caballeros, tras esa puerta cerrada como la cueva de Alí Babá y que no descarto que conduzca a un agujero de gusano en el multiverso huesil.

Hace tiempo que no voy. Pero el otro día, entrevistando a Quique González en Carriedo, me entró la morriña. Le recordé un día en el que ambos estábamos en el Café Teatro y él se iba a hacer una foto con dos chicas. Tenía a una a cada lado cuando llegó mi colega Manu y las chicas se soltaron del brazo de Quique como un resorte diciendo: «Manuuuuu», a lo que Quique respondió torciendo el gesto y diciendo: «Siempre hay un Manu». Y recordé todo lo que ha pasado en ese local de Pucela y que alguien tiene que contar. Y mire usted por dónde voy a ser yo. Porque también recuerdo a Leiva tocando cuando no era nadie y diciendo que «yo siempre he querido ser Bob Dylan y hoy el Café Teatro me ha dado esa oportunidad».

Y como supongo que ustedes no se van a creer que Leiva, ‘El Elegido’, haya dicho eso, les adelanto que está grabado. Leiva, en algún momento, ha sentido eso y le ha agradecido al Café Teatro la oportunidad, que es como si Velázquez me agradece a mi que cuelgue en mi pasillo una copia de ‘Las Lanzas’, no sé. El mismo Leiva, por cierto, que llenó la Plaza Mayor con Pereza y dijo en el escenario «y ahora todos a tomar un cachi de cerveza al Café Teatro» y Hueso decidió en ese momento que no era el día de poner cachis de cerveza. El espíritu del local, supongo.

Pero vamos, que Hueso se tomó en serio lo de Bob Dylan y un día le vi enseñando el escenario del bar al mismo Enrique Bunbury, invitándole a tocar cuando quisiera, ante la mirada atónita de la mega estrella. A lo mejor le ofreció ser el David Bowie que siempre quiso ser, no sé, pero desde luego que Hueso es capaz de eso. Por allí ha pasado Urquijo, Lichis, Rubén Pozo y muchísima mas gente, que es algo que no muchos pueden decir. Vamos, es que he visto hasta a Iván Ferreiro dar una ‘masterclass’, no sé de qué, de algo que fuera con el espíritu del local. Y a Soto Ivars dando una conferencia vestido como Oscar Wilde, le tengo que preguntar cuando le vea. Y es que, por entonces, en el Café Teatro te podías encontrar de todo. 

Recuerdo cuando hace diez años, antes de escribir ni una columna, le dije a Manu que yo podía ser de los diez mejores columnistas de este país y él miró y me respondió que probablemente no estuviera siquiera ni entre los mejores diez columnistas que había en el bar en ese momento, lo que no dejaba de tener cierto mérito porque en el bar estábamos Hueso, Manu y yo junto a un juez deprimido, un abogado fan de Nacho Vegas, un terrorista islamista, un punkie jugando a la máquina, un artista local componiendo con la guitarra, dos chicas viendo a Manu y una viejecita despistada que iba al médico de arriba. Evidentemente ese día decidí escribir. O, dicho de otro modo, todo lo que ustedes leen es solo un tremendo «te faltan cojones» para callar a Manu.

No es un modo de hablar. En el Café Teatro estaba toda esa gente a la vez. Y mucha más, de allí ha salido la gente con más talento de mi ciudad, muchos de los cuales hoy son estrellas, como Javi Vielba, Ángel Stanich o Manolo, el camarero de la barra de arriba. El más importante de todos ellos, Manolo, por supuesto, que aprendió todo en La Calleja y eso son palabras mayores. Y abajo Carreño, Gonzalo, Jorge y Pedrito, la CGPJ. Casi nada al aparato. Allí había músicos, pintores, actores, media plantilla del Real Valladolid, otra media del Madrid B del 96, la Alameda de Osuna entera, una excursión de Barruelo de Santullán y toda mi generación tomando cañas en la planta del medio, con una música de escándalo muy muy alta y con mucho mucho humo. Recuerdo un día que, tras habernos puesto setecientas copas, en la caja solo había un «vale por un viaje a Mallorca» que dejó alguien como pago. Lo bueno es que a Hueso le pareció encajar y lo aceptó sin demasiado agobio, al fin y al cabo, es estadístico y probablemente hiciera una operación inferencial en décimas de segundo y le saliera bien. Eso o que el trueque va con el espíritu del local, no lo sé, pero lo que definitivamente no iba con el espíritu del local era, por ejemplo, tener cerveza el día en el que cien personas se reunían allí para una cerveza de preboda en pleno mes de junio, que eso lo he visto yo con mis ojos porque era uno de los invitados. Hueso decidió que ese día había que beber cerveza sin alcohol.

Empiezo a pensar que Hueso es un genio, un adelantado incomprendido cuya dirección revolucionaria y su política de Recursos Humanos han sido capaces de hacernos felices, de marcar una época en nuestras vidas y, de modo incomprensible, también en la vida cultural de la ciudad. De momento allí he vivido muy buenos momentos, he conocido a muchísima gente, he escuchado buena música y he disfrutado de noches memorables, de cuando la noche era noche y no está horterada reggeatonera que se nos ha quedado. Habría que hacer una fiesta ‘remember’, pero es que estoy casi seguro de que se iba a llenar, Hueso iba a hacer la mayor caja desde 2007 y me temo que eso es algo que, bajo ningún concepto, va con el espíritu del local. Y menos ahora que hay Mundial y, por lo tanto, hay que hacer todo excepto poner el fútbol, no vaya a ir alguien y la liemos. Y, qué narices, el que se va a pasar un día de estos soy yo. Que me han entrado unas ganas locas. Si no me invita es que le ha gustado.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 20 de noviembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).