Ha llegado la niebla sin preaviso, como ese amigo de la infancia que te llama para decirte que está en la ciudad y que qué pasa, que dónde se queda, que habrá que tomarse unos cacharros. Y te los tomas, claro, pero con todo el pack, con la croqueta de El Corcho, la gamba de El Suizo y lo que nos echen. Y la conversación comienza a fluir de modo natural, como el vino, y, de repente, notas que no ha pasado el tiempo. Y te sientes mal por no haber vuelto a pensar en todo aquello, como si poco a poco te hubieras convertido en un observador de tu propia vida y no en el protagonista. Del mismo modo, la niebla siempre vuelve. Pero siempre te sorprende, porque no te la esperabas. Un día te acuestas en otoño y cuando el día siguiente sales de casa te la encuentras de golpe, cayendo pálida y silenciosa, como una verónica templada. Y te sale una sonrisa como un resorte que dura una semana. Siempre es la primera vez. Y entonces huelo la niebla como un pointer en el Mercado del Val, ante la cara absorta de mi hija, que me mira como miran las hijas guapas a los padres que olfatean la niebla, con una mezcla de vergüenza ajena y atisbo de senectud.

Y le explico que no hay nada que a un vallisoletano le guste más que la niebla. La niebla lo aísla todo, llena el ambiente de elegancia, la niebla convierte el aire en vapor mágico, en la luz de un cuento que nos hace recordar quienes somos y dónde estamos. Si sales unos kilómetros de Valladolid verás que la niebla se disipa. Simplemente se va. Si hay niebla en Valladolid, no la hay en los pueblos cercanos. Y eso es porque la niebla nos pertenece, como el Mediterráneo a Serrat o la primavera a Sevilla. La niebla es nuestra y la guardamos en botecitos de nuestra memoria para acompañar los recuerdos y que no sean tan nítidos, una especie de ‘sfumatto’ sentimental para disipar los márgenes. Cuando la niebla aparece, nos reconciliamos con nosotros mismos. Yo creo que es la niebla y no los ríos lo que vertebra el valle. La niebla es nacionalismo vallisoletano, es poner lo simbólico por encima de lo real. De hecho, es posible que la niebla seamos nosotros y desde aquí la enviemos en todas las direcciones. Puede que fuera así como conquistamos el mundo sin que el resto se enterara, metiéndonos en el aire, convertidos en un viento ligero y cinematográfico. En Londres no hay tanta niebla. El ‘fog’ no es más que un mito causado por la contaminación de las estufas de carbón. Pero esto es otra cosa, nuestra niebla no es negruzca, es lo más blanco que he visto en mi vida y si nos reconforta por dentro es porque la niebla es de quien la trabaja. Y, por ello, es literaria. La niebla es ficción, es un personaje más de mi ciudad y envuelve La Antigua, San Pablo y la torre de la Catedral con un velo de novia, un manto sagrado de pureza. Y así, estas mañanas el Pisuerga parece el Gran Canal, el Campo Grande parece Central Park y las muchachas con boina son más bellas que las parisinas porque sus pestañas se congelan y todos los ‘rimmel’ son en blanco y negro. Como Casablanca si Rick no hubiera cogido ese avión.

Si hay suerte, la niebla se congela, creando el súmmum: la cencellada. ¡Oh, qué maravilla es sentir esas partículas de agua heladas pinchándote la cara como alfileres! ¡Qué sobredosis de belleza esa espesura gélida y húmeda que llena el vacío de elegancia, como Mark Knopfler fraseando con la ‘stratto’ en medio de una estrofa! La niebla congelada nos vallisoletaniza, es nuestro hecho diferencial y nos constituye en nación. Es un pequeño masoquismo colectivo y, por ello, cuanto peor, mejor; cuanto más baja ella, más crecemos nosotros; cuanto más grave y más dura, más orgullo de sentirla ahí fuera.

La nieve tiene buena prensa, pero nos vulgariza, nos hace pasar por un bucólico paraje de cualquier país protestante, nos diluye en el estándar, como cuando los bares de Tierra de Campos celebran la feria de abril y el alguacil se pone un sombrero cordobés para apretarse media botella de Salvueros. La nieve es facilona, no pega en nuestra tierra. La nieve es populista. «Ojalá cuaje», dice siempre uno. Pero nunca cuaja, porque la nieve es infantil, como el mosto, como el batido de chocolate, algo evidente, elemental, primario. Los sabores complejos necesitan personalidades maduras y a los niños no les gustan las alcachofas ni el Campari. La niebla es esa complejidad con la que convivimos desde que nacemos y en la que nos sabemos diferentes y sutiles. La niebla es nuestro Campari y así nos salen los niños que nos salen, que revientan Pisa y lo que les pongan por delante.

Porque la niebla nos aísla en nosotros mismos, que es lo importante. Nos hace volver a casa bajo el aura mística que se le pone a la iluminación de la ciudad cuando cae la primera hora de la noche, como el humo del escenario de un concierto, como polvos de talco sentimentales. Las torres de las iglesias, las luces sobre los puentes, el humo del cigarro y las farolas difuminando fotones en un interminable ‘non finito’… Y ahí es donde quería yo llegar, la niebla empuja al vallisoletano hacia sí mismo, le acerca a lo interior, le aleja de la frivolidad y le une al poeta, al canalla, al pensador y al camarero. Le acerca a base de alejarle y el mundo huele a sábana oreada y a capa contra la mediocridad, como un escudo antimisiles hecho de gasa.

Lo único malo de la niebla es cuando termina. De repente se ve bien y ya no estábamos acostumbrados. Y es como si nos hubieran operado a todos de cataratas de repente y la nitidez tornara todo en vulgaridad. Y la realidad deslumbra, como la rima del pobre, como el Rolex del rico. Y entonces ya no hay nada que hacer, ya no somos una nación con fronteras de condensación sino un pueblo perdido, sin dimensiones, solo nómadas apátridas que esperan el fantasma que les acompañe a casa con una realidad en millones de megapíxeles. Y solo nos queda esperar. Y rezar lo que sepamos para que la mañana lo nieble todo de nuevo.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 4 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).