Conozco a un chico que ha dejado su trabajo como diseñador porque no le hace feliz. Dice que no le llena. Se llama Chema y no tiene nueve años ni diecisiete: Chema tiene treinta años, sopla treinta velas en la tarta, una detrás otra. En este momento está de vuelta en su ciudad natal tomándose un tiempo y reflexionando acerca de lo que quiere hacer en el futuro. Nerea es publicista, tiene veintisiete y también ha dejado el trabajo. Quiere tomarse un año sabático, dice que necesita parar y pensar, probablemente aprovechará para viajar y se plantea una vuelta al mundo. Me dice que si sigue en su ciudad corre el riesgo de estancarse y que el momento de ir a Madrid es ahora o nunca. La estabilidad está bien, pero el tiempo pasa y quizá tenga que intentar conocer otros mundos, cambiar de aires y vivir en una gran ciudad antes de asentarse definitivamente. Pedro tiene veintiocho, es psicólogo y está especializado en niños hiperactivos. Es bueno y le sobra el trabajo, pero su horario comienza cuando los niños salen del colegio, por lo que nunca llega a casa antes de las nueve de la noche y trabaja sábados y domingos. Le gusta lo que hace, pero está cansado de vivir así y se plantea ganar menos, pero vivir más tranquilo trabajando en un almacén. Laura es periodista, hace jornadas maratonianas en un periódico importante de Madrid y me dice que ganaría más en Mercadona. Es buena, pero si no le suben el sueldo en enero, lo deja. Nuria tiene la misma edad que Laura y, aunque hizo una carrera relacionada con el mundo de la empresa en una universidad privada, ha decidido opositar a funcionaria de prisiones porque trabaja dos días y libra cinco, o algo así, a cambio de un salario superior al de la periodista, la diseñadora y el programador.

Les digo que tengan paciencia, que el trabajo es lo más importante, que un oficio no es solamente una fuente de ingresos puntual sino un modo de estar en el mundo y de utilizar los talentos que nos han sido concedidos. Que progresar –ganar dinero– es un proceso largo y doloroso y, en todo caso, la consecuencia de ser muy bueno, es decir, de aunar conocimientos, ambición, experiencia y habilidades sociales; que no se puede tener todo al principio y que uno solo puede hacer lo que quiere cuando se dan las circunstancias; que llegar a donde quieres es estación de destino y no de partida; que la base de la formación de una persona es hacerla entender que debe hacer lo que debe hacer, bien hecho y sin que nadie se lo ordene; y, sobre todo, que no hace falta estar motivado para cumplir con tu obligación.

Me miran como si fuera un extraterrestre o un gilipollas y no descarto que tengan razón. Lo tienen difícil, pero siento una pena inmensa. Los populismos no son una tontería inofensiva sino un atentado contra la juventud, una forma de terrorismo que destruye su capacidad de soñar con una vida mejor y les hace pensar que es inútil luchar para conseguirla. Ya tenemos una generación devastada. Esperemos que sea la última.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 3 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).