Ha muerto Antonio Torralba. Tendría hoy 64 años, pero, en realidad, murió hace cinco, con 59, cuando el mundo aún no tenía esta cadencia de desastres sucesivos y nos creíamos inmortales. Desde entonces ha permanecido todos los días y todas las noches tumbado en la cama de un piso alquilado en la calle Bailarín Vicente Escudero, en el corazón gris de un barrio, deshidratándose paulatinamente bajo las lluvias de abril y secándose en verano hasta que, por fin, noviembre convirtió su piel en cuero y su cuerpo en una momia a pie de calle.

Hace unos días unos ‘okupas’ intentaron entrar en su domicilio, un bajo con patio en un edificio sucio con fachada de ladrillo gris y polvoriento lleno de desconchones amarillos y pálidos, como siempre es la neurosis del solitario. Cuando llueve, la suciedad cae por su fachada en goterones lentos mientras la humedad asciende por la pared, encontrándose justo a la altura de su ventana. Es una unión acuosa y repugnante, a dos palmos exactos de la muerte. Así fue como esos ‘okupas’ descubrieron el cuerpo, con un pijama por venda y un vaso de agua en la mesilla. Llamaron al 091y la Policía se encargó del resto. 

Supongo que comenzarían por una llamada al juez, luego al forense, posteriormente levantarían el cadáver para finalmente depositarlo en algún lugar horrible y frío a la espera de enterrarlo en una fosa común. Porque su hermano, al que han avisado de lo sucedido, no puede hacerse cargo del entierro. No tenían relación. Ni recursos. Por su parte, la casera afirma que Antonio ha pagado religiosamente todos los meses desde entonces, porque tiene el alquiler y las facturas domiciliadas. En Castilla algunos no hacen ruido ni para morirse. Y, por lo que se ve, pagan su alquiler hasta en el purgatorio.

Llevaba allí 19 años, pero era el único vecino del edificio, por lo que nadie ha podido decir eso de que «era muy amable y siempre saludaba», así que lo digo yo: Antonio era muy amable y siempre saludaba. Dice la dueña que se pasaba con frecuencia para charlar con ella por la farmacia que regenta. Quién sabe si esa era la única conversación que tenía Antonio, quién sabe si fingía esa tos para poder hablar con alguien, quién sabe si las tiritas eran para el alma. 

Si nadie te ha echado de menos en cinco años y, por no tener, ya no tienes ni vecinos, es posible que no te sobraran las oportunidades para felicitar las fiestas, las pascuas, el año 2018. No quiero pensar cuánto tiempo hacía que nadie le felicitaba el cumpleaños y no quiero, en definitiva, pensar demasiado en Antonio Torralba, que ha muerto oficialmente ayer y que ha de tener dinero suficiente en su cuenta como para que ni el gas, ni la luz, ni el teléfono hayan sufrido un mísero impago, que es el S.O.S del siglo XXI. 

Que alguien mire esa cuenta, por Dios, y saque lo que haya que sacar para darle un entierro digno, un féretro y un nicho humilde. Al menos, mientras seguía pagando cada día 31, tenía un lecho de muerte solo para él, no hay fosas comunes en colchones rotos. Pero ahora que le encuentran, ya no le queda ni eso. No hay final más cruel. Algunos se levantan para ‘okupar’ una vivienda y acaban desahuciando un último suspiro.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 1 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).