Simeone decía que en un lado estaba la acción y en el otro la distracción. O quizá era la diversión, no lo sé, no soy capaz de recordarlo y no voy a dedicar media tarde a averiguarlo. En primer lugar, porque no sé donde estará el libro. Y en segundo porque da igual, lo que el Cholo quería decir es que si la jugada iba por la banda derecha él echaba a correr hacia la izquierda porque estaba vacía, el balón iba a acabar allí y nadie miraba. Así fue cómo metió no sé cuantos goles el año del doblete, llegando desde atrás, como Casemiro al área suiza, que es la quintaesencia de la zona Schengen.

El consejo vale para la vida. Mientras todo el mundo mira hacia un lado, conviene mirar hacia el otro. Especialmente en los congresos de los partidos políticos, cuando colocan a los periodistas delante de una pantalla para que miremos lo que ellos quieren que miremos, que es exactamente lo que no debemos mirar. Conviene ir a la distracción, a los baños, a los bares, a los taxis. Y en todo caso no hacer ni caso al jefe de prensa, que suele ser un cruce entre Luca Brasi y Michelle Jenner.

Lo mismo sucede en el Mundial. Este fin de semana me he visto cuatro partidos al día, es decir, ocho horas en un estado semi vegetativo que da gusto verme. Qatar está poniendo a prueba mi relación de pareja, pero, qué quieren que les diga, uno no puede fingir ser lo que no es. Me gusta lo que me gusta y el Mundial está en la base de mi pirámide de Maslow, mucho antes que los instintos. En todo caso, lo más interesante no es el partido —la acción— sino la distracción, la grada, esas imágenes como de partido de NBA, aparentemente aleatorias, pero en las que se adivina un Torquemada con turbante.

Me vuelven loco esos aficionados marroquíes, duros como pellejos de brevas, lloriqueando por haber metido un gol a Bélgica. O el Holanda-Ecuador, ese derby castellano en el que lo mismo vemos bailes quechuas que walkirias danzando en el Valhalla. Brasileños bailando samba, croatas con peluca y senegaleses al ritmo de una especie de Paquito el Chocolatero, pero con más sol que sombra. Iraníes sonrientes, costarricenses que oran y argentinos maldiciendo como solo ellos saben. Que, por cierto, uno ve la grada llena y se pregunta de dónde sacarán la pasta en el Tercer Mundo. Porque en mi barrio nadie va a Doha. El Mundial nos retiene en casa, para ahorrar. Así que, al final, ni acción ni distracción. Me temo que lo más nuestro es la inflación.

(Esta columna se publicó en ABC el 29 de noviembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).