Al igual que tras la derrota de Aznar nos enteramos que todo el PP estaba en realidad contra de la guerra de Irak, pero se les olvidó contárnoslo, el próximo 29 de mayo, día siguiente de las municipales –también autonómicas en medio país y espérense a ver aquí–, nos desayunaremos enterándonos de que la mayor parte de los diputados del PSOE estaban desde el principio muy en contra de esto de liberar fascistas y cambiar el código penal para que puedan volver a dar golpes de estado. Pero se les había pasado decirlo, qué cosas. No desesperen, lo harán, sin duda, a coro incluso, si ven que la debacle electoral es de tal calibre que no deje lugar a segundas lecturas, como ya les sucedió en 2011 o al PP en 2015.

Esto no es nuevo. Las últimas citas electorales son mayorías absolutas del PP en Galicia y en Andalucía, un ridículo del PSOE en Madrid, donde ya luchan por ser cuarta fuerza y el leñazo de Castilla y León, es decir, fracasos del PSOE. Estrepitosos. Rotundos. Uno detrás de otro. Y, aunque parezca que no se han enterado de nada y vayan sobreactuando confianza y mayorías como ya hiciera Mañueco el año pasado, ni caso. Eso solo se hace cuando saben que no se tiene. Cuando se tiene, como Juanma Moreno, lo que se vende es prudencia. 

En el PSOE no son tontos, aunque algunos como Pachi López, con ese rollo entre el servilismo y la idiocia tan al estilo de Arias Navarro, hagan lo posible por disimularlo. Evidentemente, la culpa no será de los candidatos socialistas de cada pueblo, que son las víctimas. La culpa será de Sánchez y de su afición a destruir el partido como venganza por haberle echado a patadas. Porque les recuerdo que fueron los suyos los que le echaron a patadas de Ferraz porque tenían miedo a que hiciera lo que efectivamente ha hecho. Solo que ahora les parece chachi piruli.

Y la cosa es que tienen razón, la culpa será de Sánchez. Ya no se trata de ser más o menos progresista, de izquierdas o socialdemócrata, no se trata de aparcamientos, de tráfico o de alcantarillas. Ya no se trata de modelos de sociedad, de aspiraciones de justicia social o de grandes ideales. Todo eso es legítimo, pero hay momentos en los que da igual. Y parece claro que este es uno de ellos. Se trata solo de saber si queda dignidad o si nos da igual que se liberen fascistas, que el PSOE se asegure de que pueden robar al pueblo –los fascistas, Griñán, ellos, el PP y, en general, todos– y que no solo les garantice que pueden volver a dar otro golpe de estado contra la democracia, sino que se acuerde con ellos penas ligeritas. 

Y un referéndum que deje claro que los castellanos somos menos que los catalanes, que ellos pueden negociar en mesas fuera de las instituciones y nosotros no, que sus hijos y sus ancianos están por encima de los nuestros. Que se premia a los que persiguen nuestro idioma y que se protege a delincuentes que se creen por encima de las leyes, es decir, del pueblo del que emanan. Como aspiración está regular. Pero, desde luego, como aspiración en Castilla y León es repugnante. Ya han salido Puente y Tudanca a decir que les parece fatal, como Guerra o Page. Porque una cosa es proteger fascistas y otra es hacerlo además con pasión. 

Pero, al igual que el PP con la guerra de Irak, esto no valdrá para nada si no los diputados del PSOE por Valladolid votan a favor de las locuras de Nerón. Yo entiendo que el pesebre une y que fuera del PSOE algunos pasarían mucho frío. Pero deberán entender que no es cuestión de ideología sino de dejar claro que no se puede despreciar a la gente de aquí y pensar que esa gente va a tragar encantada. Y, sobre todo, que hemos aprendido que, si la debacle no es total, no va a pasar nada. A Sánchez solo se lo puede cargar, de nuevo, su partido, cuando le culpen del desastre que se huelen. Así que al final, tenía razón Pedro Navaja: pasará a la historia, pero por destruir el PSOE. Ya lo dice la canción: el que a hierro mata, a hierro termina.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).