Cuando Sánchez votó el 155 para suspender la autonomía de Cataluña lo hizo tras la negativa de Puigdemont a aclarar si había declarado la independencia y con el objetivo de cesar a las personas que se habían puesto al margen de la ley y de garantizar los derechos de los catalanes frente a los sediciosos que se los habían quitado. Esto es lo que votaron. Yo no sé si recordarlo me convierte en un golpista o en un fascista, pero lo que digo es indudable e incuestionable: Sánchez y todo el PSOE votaron el 155 porque estaban de acuerdo con ello. Pues bien, esos mismos dicen hoy que aquello no era sedición y que su apoyo decidido y firme al 155 solo tuvo lugar en nuestra imaginación y que no solo hay que indultar a los culpables sino reformar la ley para que aquello no sea ni delito y puedan volver a hacerlo. El descojono, vaya. Me pregunto entonces qué votaron. O se equivocaron todos entonces o se equivocan todos hoy, pero no hay otra. Lo importante aquí, en cualquier caso, no es la palabra ‘equivocaron’ sino la palabra ‘todos’, ese olorcillo a rebaño y a establo que desprenden cuando cambian de opinión en bloque, con esas caritas como de Forcadell aterrada y sin una sola voz con la suficiente dignidad, personalidad y autor respeto como para decir: «Miren, a mí Sánchez no me humilla públicamente haciéndome cambiar de opinión cada diez minutos delante del pueblo español porque tengo familia».

Más allá de otras consideraciones, se echa en falta una explicación en este sentido. Cuando dicen que Rajoy fue el responsable de esta situación, equiparando de modo asqueroso a víctima y culpable, habrán de explicar por qué lo apoyaron y, sobre todo, por qué ellos no son responsables de lo mismo si votaron lo mismo. Sucede que antes había dos bloques: a un lado los demócratas y, al otro, los que atentaban contra la democracia y la Constitución. En el lado de los demócratas había gente de derechas, de izquierdas y de centro, con sus diferencias, pero de acuerdo en temas de estado. Pero hoy el PSOE cambia de bando y da a entender que ya no se trata de Constitución contra delincuentes, sino de derecha contra el resto, cayendo en una falta de responsabilidad tremenda cuyo alcance político es imponderable.

Defender la Constitución es, entre otras cosas, defender las instituciones del Estado, es decir, el Poder Judicial y el Tribunal Constitucional y no comparar a estos últimos con Tejero, como ha hecho el jueves el PSOE mutando en dictadorcillos sudamericanos de bigotillo negro y moreno perpetuo. Cuando se enfrentan a los jueces y los sitúan en el bando conceptual de la derecha entran de lleno en el terreno del populismo. Parecen querer decir: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Uno de los dos golpismos ha de helarte el corazón». Y yo creo que España ya no es una jaula de locos, como decía Amadeo de Saboya sino una jaula de monos, como decía Juan Antonio Canta. Y parafraseándole, lo que más me atormenta de esta historia es qué hace el mono sonriendo.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 17 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).