Tiene la Nochebuena un aire impreciso. Es un encuentro de aires invisibles que hacen inútil saber cuándo comienza. No hay un momento concreto ni un instante determinado que divida el tiempo en dos. Y está claro que poco tiene que ver con la luz del sol, no hay injerencia de los fotones en el negociado de los recuerdos. No hay una convención social que marque un punto de referencia, como las campanadas en Nochevieja, como el chupinazo o como el ‘alumbrao’ de la Feria de Sevilla. Porque las cosas que realmente importan no tienen límites. La Nochebuena es una de ellas. Se diluye, se desparrama hacia los lados y llega en silencio, como un tren de mercancías. Nadie lo anuncia, pero, cuando te quieres dar cuenta, estás metido en ella hasta las cejas. Sales entonces del último bar con la bufanda mal puesta y esa prisa que anticipa reproches mientras tarareas la de Wham!. Y percibes las calles diferentes, repletas de nervios y de nudos de doble lazo en el estómago. Si los perros huelen el miedo, los humanos huelen la tristeza. Y, por eso, en la calle se nota la adrenalina, pero no esa que aparece cuando ves una araña sino la que aparece cuando te la imaginas. Son diferentes. La segunda es más cálida, tiene la suavidad del sistema nervioso inestable, la carencia de B12 y la belleza de la demencia neurasténica. Y cuando sobrevuela la calle aparece una nebulosa rosácea de recuerdos como un viento frío que viene del norte, que barre con todo y que deja las calles vacías, abandonadas a su suerte.

El silencio de la ciudad se vuelve, ahí, diferente. Una cosa es la ausencia de ruido y otra el ruido de la ausencia. Este último es una caja hueca que resuena algo de tensión, algo de presión y la presencia de los recuerdos al fondo de un armario que no queremos abrir. Valladolid se vuelve ahí un océano de respiraciones contenidas y de diafragmas con la cabeza entre las piernas, acuclillados debajo de la cama para que amanezca cuanto antes. Se quedan los sonidos de los semáforos tristes avisando a la nada de que ya puede cruzar sin peligro, una luz azul de policía y una ambulancia que se sabe fuera de sitio, como un yonqui en un Belén viviente. Y entonces, el centro se convierte en un inmenso parking al aire libre, en un rosario de coches aparcados en calles peatonales del semicentro y de guardias municipales que miran para otro lado, resoplando estoicismo y humanidad contenida. Y la calle parece una manifestación de hosteleros cerrando las persianas, reponiendo cámaras, sacando los cascos fríos, fregando las consecuencias. Ese es un momento mágico en el que puedes cruzar la línea de las diez de la noche y formar parte de aquellos que sacrifican su noche para que tú disfrutes de la tuya. Las Nochebuenas de las familias con camareros siempre tienen un plato preparado para alguien que nunca llega a tiempo. Y cuando el resto están terminando el lechazo, él pela langostinos. Y cuando los niños sacan el turrón, él come lechazo tibio. Y así hasta el día siguiente, siempre media hora por detrás de la vida, por haber querido dejar propina a la felicidad ajena

Hoy las casas huelen a horno, a mantelería planchada y a la vajilla de las grandes ocasiones. Hay una luz mortecina, amarilla, casi como una hoja seca, y, por un día, hay también contexto para aquel Nacimiento napolitano. El olor del lechazo avisa desde el portal y es lo más cerca que he estado nunca de la palabra patria. Porque es evidente que cenar cordero, pan y vino nos sitúa en otro escalón espiritual. Esos alimentos no son solo comida: son símbolos y tienen mucho de iniciático, de litúrgico, de herencia judeocristiana. Y, sobre todo, tienen la inmensa dignidad del que sabe aceptar con humildad lo que nos da esta pobre tierra que nos ha visto nacer y que nos verá morir en una tarde asfixiante de un julio aún lejano.

Las familias numerosas nos movemos bien en el caos. Y Nochebuena es pan comido, una función para la que nos hemos preparado todo el año. Surge entonces el ballet, nace el teatro y cada cual interpreta el papel que le toca, de forma armoniosa, precisa y quirúrgica. Así, mientras uno recoge platos, otro hace café. Mientras uno busca polvorones, otro encuentra el viejo vinilo de villancicos. Llega entonces nítida la presencia de los que se fueron. Vienen del otro lado del tiempo a recordarnos quienes somos. Los veo sonreír en una esquina de la mesa, callados, vestidos de domingo y observando en silencio los efectos de su amor, que no es otra cosa que una familia que aun se quiere. Tienen las manos sobre ese hule que queda en la mesa cuando mi padre retira el mantel y, con sus dedos gastados, repican el ritmo de una canción imaginaria. Miran con curiosidad a los que han llegado más tarde, observan a los pequeños con infinito cariño, los escudriñan como si fueran un regalo y cuchichean entre ellos. A muchos no los han llegado a conocer, pero los reconocen. En sus células resuena su ADN, como un eco infinito, como un ritmo sagrado. En realidad, esos niños no son otra cosa que ellos mismos proyectados en el futuro. Y es ahí, en ese instante preciso cuando todas las generaciones vivas y muertas forman filas sucesivas, como si fuéramos el orfeón donostiarra. Ahí comienza la Nochebuena, ese es el momento preciso en el que empieza todo y, entonces el vino calienta los párpados desde dentro y todas las familias son, de verdad, familia. Los más jóvenes forman parte, por fin, de algo que les supera, de un rito iniciático que transciende sus límites y que les conecta con su identidad, con su esencia. Y surge la alegría como un géiser, y entendemos de golpe que esto no es más que una carrera de relevos. Y si la alegría de ayer es la nostalgia de hoy, los recuerdos que hoy estamos ayudando a crear a los más pequeños marcarán en sus vidas un estándar, un concepto de familia y de Nochebuena. Y la alegría de hoy será su melancolía del mañana, cuando seamos nosotros los que faltemos y ellos los que recorran estas mismas calles y vean en la mesa fantasmas con nuestra cara repicando canciones en el hule familiar, con los dedos flacos y el corazón orgulloso por haber sido capaces de entender que somos solamente una pieza más de la cadena de amor que nace con cada pesebre. Apenas nada más.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 26 de diciembre de 2022. Disponible haciendo clic aquí).