Valladolid le debía un homenaje a José Jiménez Lozano y se lo ha dado. Su fallecimiento quedó eclipsado por la primera ola del Covid y la ciudad le despidió entonces con indiferencia, como si, entre tanta muerte, hubiera una que le viniera especialmente grande. Estoy seguro de que tampoco habría querido grandes homenajes, todo hay que decirlo, pero, gracias a Dios, hay cosas que no dependen de uno. El pasado 17 de diciembre ese silencio vergonzoso terminó y todos los grupos municipales se pusieron de acuerdo para darle la Medalla de Oro de la ciudad. Cosa rara esta del acuerdo, en momentos así siempre sale un tonto, o varios, dinamitando el entendimiento en nombre del rencor, su nave nodriza. Se ve que en esta ocasión ninguna de las ramas del populismo ha sido capaz de encontrar una razón para hacer el ridículo con una negativa. Supongo que, para ello, era necesario leerle un poco buscando algo a lo que asirse. Y, evidentemente, nuestros cafres pueden estar a muchas cosas. Pero a leer, ni de coña.

No tuve el honor de conocerlo. A pesar de ello, el 10 de marzo de 2020 le dediqué una columna de despedida en este periódico. Casi tres años después vuelvo al mismo hueco para aplaudir el homenaje de mi ciudad y lamentarme por que se haya tenido que ir cuando más falta hacía, cuando más necesaria era la gente como él, es decir, buena, brillante y culta, en lugar de pirómanos con smartphone. Y eso que su ideología es difícilmente definible. Como mucho podemos llamarlo ‘católico’, algo que debería ser transversal a todas las ideologías. Aunque una vez le oí decir que «no existen los escritores católicos. Se lo digo yo, que soy uno de ellos». 

En realidad, todos los columnistas católicos quieren ser Chesterton menos Chesterton que, de haberlo conocido, habría querido ser Jiménez Lozano. No ha habido nadie en España con ese nivel intelectual y con una libertad e independencia tan grandes como para ser capaz de alcanzar la contemporaneidad precisamente renegando de la modernidad. Yo he llegado tarde a él, como a casi todo, y me apena no haber podido conocerlo de cerca. Quién sabe si se me habría pegado algo, una idea, un chispazo, una mirada. 

Los creyentes vemos en estas horas tristes cómo la extrema derecha secuestra sistemáticamente nuestra fe en toda Europa, cómo retuercen el Evangelio para convertirlo en una fábrica de odio a su servicio, cómo instrumentalizan la religión para un fin interesado y cómo confunden fe con nacionalismo y Verdad con tradicionalismo reaccionario. Por eso hoy necesitamos más que nunca a voces como la suya, para liberarnos de una vez de lo que él llamaba ‘la psicología básica del católico contrarreformista’, es decir, esa psicología del miedo a la libertad, esa psicología de defensa, de ‘guetto’ y de casta de aquellos que del Evangelio solo se saben la parte de «vomitaré en la boca de los tibios». Pues frente a los vomitadores de bocas, Jiménez Lozano y su defensa de la libertad religiosa y la fraternidad. Si la obra de Jiménez Lozano fue un cántico por la tolerancia y por la apertura, su estilo fue una cumbre del castellano. Y, encastillado en Alcazarén como un Montaigne castizo, su lectura es luz de aviso contra la belicosidad que mantiene tanto al español católico como al anticatólico en perpetua guerra consigo mismo.

(Esta columna se publicó en El Norte de Castilla el 29 de diciembre de 2022. Me habría encantado titularla ‘La rebelión de los vomitadores de tibios’ o ‘Jimenez Lozano y los vomitadores de bocas’, pero el maestro no merece que se me mezcle con gentuza. Disponible haciendo clic aquí).