Jamás pensé que al ver a David Summers en un escenario iba a estar viendo, fundamentalmente, a un amigo, pero así es la vida, chico, qué quieres que te cuente. Las cosas simplemente suceden y yo ya no puedo ir a un concierto de Hombres G como si fueran, qué sé yo, Los Secretos. Ya no puedo limitarme a tararear estribillos pegadizos, a mover el pie como única aproximación al baile o a generar complicidades en forma de propina con los muchachos de la cerveza móvil, esa mezcla entre arcángeles y zahoríes. Ahora veo a los Hombres G en el WiZink Center y veo a un tío de carne y hueso al que aprecio y que está cantando delante de 20.000 personas. Y me pongo nervioso, leche. Veo la calle Goya llena de gente y ‘Los Torreznos’ como el sambódromo de Río y me acojono, me entran unos nervios como de folklórica viendo a su torero detrás de unas gafas de sol inmensas. Luego me acomodo, veo que sale a escena puntual, observo su cara en la pantalla y ya soy capaz de decir si está bien o mal, como cuando veo a Morante hacer el paseíllo y adelanto la crónica porque sé cómo va a acabar la tarde. Esto es parecido: David sale a escena, echa el capote por delante y se va a la boca de riego. Si mira a la izquierda, algo pasa en los monitores de dentro. No se oye a sí mismo. Si mira a la derecha, quiere que le bajen, se atufa de graves. Luego unas canciones de tanteo, el Palacio de los deportes bocabajo, saludos al respetable y ya está, todos tranquilos y otra noche más en la oficina, caminando plácidamente de éxito en éxito. Los Hombres G son el Real Madrid de los grupos.

Y entonces miras a los lados, arriba, abajo, a la señora de al lado y solo ves caras de gente sonriendo. Todos están contentos, tengan sesenta años o doce y vengan de Pozuelo o de Segovia. Porque es imposible estar triste viendo a los Hombres G. De hecho, el grupo es, básicamente, eso, una máquina de buen rollo, un milagro que sirve para unir generaciones, para juntar familias, para convocar a grupos de amigas y para generar abrazos masivos: de amigos a sus amigos, de influencers a sus novios, de presentadores de televisión a examantes, de madres a padres y de ambos a sus hijos.

Y eso es algo que nadie más es capaz de hacer en España. No existe un grupo tan transversal, tan intergeneracional y tan universalmente querido como ellos. Y cuando tras dos horas y pico voy a dar un abrazo a David no me encuentro con una estrellita enfarlopada, con un fantasma con collares ni con un idiota con escolta sino a un hombre cansado, a un tipo contento y orgulloso por haber sido capaz de dar un poco de felicidad y que solo piensa en mejorar para el siguiente bolo. «Gracias por ser mi amigo», me dice, con esa humildad que solo pueden tener los elegidos. Pues no, David. Gracias a vosotros. Gracias por ser el resumen de la España que heredamos de nuestros padres y que queremos legar a nuestros hijos, esa España bonita y sin estridencias que termina el año abrazándose. Y quiere el abrazo no acabe nunca.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 2 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).