El vals está escrito en un compás de tres por cuatro, que, en realidad, oculta un dos por uno, como el bono de las copas que te ventilaste el 31 en los lances de recibo. Y España se despierta el 1 de enero entre restos de peladillas, suelas pegajosas y mensajes no respondidos, haciendo de este domingo la quintaesencia del domingo, su total apoteosis. Tiene este día algo de tregua y de foto congelada esperando a que alguien pulse el botón de pausa para poder reanudar la vida donde la dejamos.

Y en este contexto, en este ambiente de pijamas y olor a café en el que estás a punto de vulgarizarte del todo, en el momento inmediatamente anterior a tirarte al barro, en Viena suena un vals. ¿Lo oyes? Es la civilización llamando a tu puerta, muchacho. Es Occidente, el refinamiento y la elegancia que vienen a llevarse las ojeras como una marea baja. En el compás del vals el primer tiempo es el tiempo fuerte y los otros dos son débiles, todo un adelanto de lo que te espera en esta España resacosa que sabe detectar la poesía oculta tras los ritos y que advierte que los primeros tiempos son siempre los mejores. Pero preceden a la debilidad, así en el vals como en la vida. Tus remordimientos bailan ‘El Danubio azul’: tres tiempos, tres pasos. El primero con el pie en el suelo, el segundo con la punta y el tercero sin desplazamiento. Más poesía: se empieza el año con los pies en el suelo y la cabeza amueblada, poco a poco pasas a hacer las cosas de puntillas, como pidiendo disculpas a la familia, para finalizar en la parálisis de lo estático, en la horizontalidad de la endorfina, en la siesta indefinida y desquiciada. Evidentemente, no hay un cuarto tiempo, como es lógico después de haberte pasado dos tiempos débiles seguidos y el otro en un pétreo estado de inmovilidad. Conceptualmente, el vals está clavado.

Tan clavado como deberás bailarlo, con pose erguida y elegante. Da igual el cansancio, las ganas o la oportunidad, ser un caballero consiste fundamentalmente en hacer lo contrario de lo que te apetece, bailando completamente recto, sin mover hombros, brazos ni caderas. Tu mano izquierda sujetando su mano derecha. Tu mano derecha en su espalda. Ella apoyará su brazo sobre el tuyo, te lo digo para que guardes bien esa imagen porque puede que sea la última vez que sientas que flotáis y os deslizáis por la vida siendo su único apoyo. Nunca tan juntoscomo mirando lo contrario y dando vueltas de campana, con tus neurotransmisores buscando dopamina desde un plano cenital, que es la manera exacta en las que nos ve Dios.

No se marca el cuarto paso, pero si vas a bailarlo, puedes asumir que ese paso es el resto del año, haciendo que el baile se convierta en eterno. Mañana es 3, el año va rodado y cuando te quieras dar cuenta estaremos en bermudas haciendo el mamarracho como domingueros. Hoy son las antípodas de ese día, así que barbilla alta y -primer tiempo fuerte y débiles los dos siguientes-, los ojos clavados en sus ojos, su mano izquierda en tu mano derecha, completamente recto, sin mover hombros, brazos ni caderas y a escribir juntos una carta de amor a Viena, que es la cumbre desde la que mirar el año con el corazón vestido de domingo.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 2 de enero de 2022. Disponible haciendo clic aquí).