En 2013 Michel decidió que ‘El Viti’ no se abría en Nochevieja. El tío era así, donde el resto veía mucho dinero que ganar y un fiestón como los de Jep Gambardella en ‘La Gran Belleza’, él presagiaba un nubarrón de problemas potenciales, con vasos de tubo llenos de MG cayéndose a cámara lenta, borrachos empujándose y camellitos en expansión montando guardia en ‘el peor baño de todo Marruecos’, que así lo quiso bautizar un genio a través de una pintada gloriosa. Todo lo anterior, sin duda, daría lugar a un ambiente raro, lleno de gente no habitual, con la ‘secreta’ cantando una de los Pixies y dos grilleras de guardia en la puerta de Cantarranas, a la altura del ‘Testa’, como agentes de aduanas protegiendo la valla de Melilla. A mí eso de proteger me parece bien, lo que nunca supe es a quién y de qué, no sé si nos protegían a nosotros de ellos o a ellos de nosotros. De hecho, no tengo claro quienes éramos nosotros y quienes ellos, ni tampoco si Cantarranas era otra realidad, con código postal y huso horario propios, pero da igual, la cosa es que Michel se imaginaba una noche problemática y no solía fallar. Tenía un sexto sentido para anticiparse y una capacidad inmensa para interpretar todo lo que estaba sucediendo en el bar, como si se pudieran subtitular las intenciones. Lo veía venir todo y por anticipado. Pero, sobre todo, veía venir los problemas, como un Ancelotti de la juerga. Y como ‘El Viti’ era una cosa pacífica y, de algún modo, también familiar, al final ese día no se abría y santas pascuas. 

Todo lo anterior no supuso ningún problema para que decidiéramos hacer una fiesta privada en el propio bar y pasar la Nochevieja nosotros solos. «Exclusivo para amigos», dijimos. «En plan ‘tranqui’», también dijimos. Y lo dijimos muy clarito. Quisimos, no obstante, dejar clara una excepción a la norma, una especie de disposición transitoria cuarta consistente en que, si venía un grupo de californianas, se las dejaría pasar y que fuera lo que Dios quisiera. Todo plan tiene una rendija. Y es por ahí por donde entra la luz.

Así que ahí llegamos nosotros, con las uvas en el gaznate y el lechazo en el recuerdo, dispuestos a pasar una Nochevieja sin demasiado lío, una cosa sosa, previsible, rajoyesca. Y todo empezó bien, he de reconocerlo, un poco de champán, unas copillas de bienvenida, medio paquete de Lucky y muchos abrazos. A la una y pico éramos doce amigos y, poco a poco, fueron llegando otros amigos, siempre en packs de doce, como los huevos camperos, pero cada vez más lejanos. El bar empezaba a coger ambiente y mucho humo, lo cual no tendría más importancia si no fuera porque ya estaba prohibido fumar. Los amigos dieron paso a los conocidos y estos a los desconocidos. Una cosa llevó a la otra y fue entonces fue cuando, en la puerta, llegó la disposición transitoria cuarta en forma de querubines de Massachussets. «No es mi bar», les dije. «Así que adelante». Y luego ya saben: un admirador, un siervo, un esclavo. El acuerdo constituyente estaba de mi parte, pero la cosa empezaba a desmadrarse, las puertas se abrieron definitivamente para dejar salir, lo cual, de modo implícito sirve para dejar entrar y Michel nos pidió entonces a algunos que le echáramos una mano. Me tocó pinchar, así que me puse los cascos e intenté dirigir toda la atención que me quedaba para la música, para los discos, implorando a Dios esa capacidad sobrevenida de todo pincha para vivir dos canciones por delante de la realidad. La siguiente vez que miré detrás de la barra, ‘El Viti’ estaba bocabajo, patas arriba, como Las Ventas cuando lo de Julio Aparicio en el 94, con amigos, conocidos, desconocidos, querubines y, efectivamente, la secreta pidiéndome ‘Here comes your man’. A las seis de la mañana, tras varias horas trabajando, decidí que no podía más. Una cosa es no poder beber nada mientras trabajas y otra batir el record del mundo de gintonics, así que le dije a Michel que, si bien no iba a cobrarle, desde luego me daba por invitado a todo. Y, seguramente, para siempre. 

Me miró mal pero tampoco me dijo nada. La cosa se diluye en el Lonnegan, según me dicen, aunque tampoco estoy muy seguro, tengo lagunas de algunos años. Puede que acabara en Asklepios, acababa de salir ‘AM’, de Arctic Monkeys y creo que el CD se les quedó atascado los siguientes trienios. O puede que fuera a El Berlín, o a el Zero, a ver si me encontraba con alguien, lo que no tenía ningún sentido porque todo el mundo que conocía estaba dando botes en ‘El Viti’ escuchando, supongo, el último disco que dejé puesto y que debería andar ya por ‘El columpio asesino’. No lo sé, no lo tengo claro, pero ese día, de vuelta a casa, sin un duro, entre mujeres de Massachussets con los tacones en la mano, chavales fornidos que se iban a casa con esas mismas mujeres y bajo el sonido asqueroso de los pájaros de la ansiedad, vi a un señor recién duchado, bien vestido, con la correa de un perro en una mano, el periódico de ayer en la otra, con una cara reposada, tranquila, una perfecta cara de centroderecha que buscaba churros para que desayunara su familia, que imaginé perfecta y simétrica.

Y ahí, justamente ahí, bajo esos rayos pálidos de luz que me llegaban como un reproche, decidí que se acabó, que una persona de verdad, hecha y derecha, una persona como Dios manda, que ha vivido, que ha leído, que ha viajado, una persona vertebrada y en orden consigo mismo, una persona, en definitiva, de esas a las que no se les ha perdido nada en el sudeste asiático, lo único que puede hacer en Nochevieja es meterse a la cama a las doce y media, de mala leche, refunfuñando y diciendo no a todo: no al silencio, no al ruido, no a bailar, no a la soledad, no a la compañía, no al alcohol, no a la abstinencia, no al año pasado, no al año que viene, no al especial de la tele, no a los cotillones, no al trasiego de jóvenes con las americanas de sus padres, no a los bares llenos, no a los bares vacíos, no a los planes caseros, no a Massachussets, no a la ropa interior roja, no a los conjuros para entrar en el año nuevo con suerte, no al cava por el suelo, no a los petardos, no a trabajar de pinchadiscos y, sobre todo, no a volver a creer nunca a nadie que te diga eso de «hoy salimos, pero ‘de tranqui’».

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 2 de enero de 2023. Disponible haciendo clic aquí).