Ya está aquí el frío de verdad, el frío que exhalan las paredes de piedra para que no puedas escapar nunca, el frío negro de la noche en Portugalete cuando, de vuelta a casa, el calor es solo un recuerdo al que agarrarse para seguir. Ha llegado también el frío azul de la mañana soleada, el del cielo alto y lejano que, de camino a la vida, te da la bienvenida con un puñetazo en la cara. Está puesta la cigüeña del Salvador, mirando la ciudad con soberbia y el Puente Mayor con agujetas de tanto separar las dos mitades de una misma tierra. Está en su sitio el río helado y también las carpas radioactivas. Están las manos frías de los colegiales, las mochilas arrastrando los ojos como tacones, los niños con verdugo y los guantes impares en el suelo, cerca de un bordillo, en la misma puerta del Lourdes. Están fríos los conventos, los vencejos de La Antigua, la torre de San Martín y un camarero que mira asombrado cómo el vaho y el humo del cigarro se unen en una nube que pesa y se diluye, como los problemas sin solución. Están los perros perdigueros por el Pinar de Antequera, los hombres que caminan por la Ribera de Castilla y las mujeres que estrenan zapatillas de deporte en Las Moreras. 

Y, en San Nicolás, hay ventanas con flores de Pascua. Y un gato negro que ha llegado a San Andrés, que no sé de dónde ha salido ni el color de sus presagios. Y en Las Huelgas hay tascas con oreja frita y una tarde malva. Hay tres Goyas en Santa Ana y, en la iglesia de Jesús, un Nazareno con mirada de incomprensión y una rodilla vencida En la Acera de Recoletos hay gorriones congelados que piden pan y tierra y casas abandonadas donde el frío nuevo viene a llevarse el frío viejo, el último frío habitado antes de que llegaran olvido y el vacío. Están ya aquí las tardes lentas, las casas que huelen a calefacción –¿de dónde saldrá ese aroma?– y un olivo en Fuente Dorada que se pregunta por qué está tan solo, dónde se habrán metido los suyos y cuándo vendrán a salvarle de esta inmensa soledad.

Está el Prado de la Magdalena, el mercadillo de los gitanos y también las Arcas Reales. Una chica lleva huevos a las Clarisas y, en el Caño Argales, una fuente llora por lo que fue. En el Viejo Coso hay raíces que dan golpes de estado y, en los balcones, geranios que anticipan que la vida siempre vence. Hay adobe humilde que esconde claustros sagrados y San Agustín, que está tan callado como siempre, para que nadie lo mire, por si lo miran mal. Está la Acera de San Francisco, los soportales de Cebadería y las terrazas de Librería, como si las coordenadas sentimentales pusieran también lindes al mapa. Han llegado los jarrillos de clarete y las cazuelas de barro con sopas de ajo que queman. Y a Parquesol ha llegado el frío del páramo. Y al páramo de San Isidro le han salido futbolistas alevines en campos duros como trincheras ucranianas. Y del conservatorio salen oboes malheridos y trombones que tocan escalas menores de lluvia. Pedro ha sacado la pelliza del abuelo. Los cuerpos, por no dar, no dan ni sombra y, en la estación, todos los trenes se van a Madrid. Están heladas las barandillas de los portales, tiritan los rayos de luna y los escalofríos de los enamorados. Se congelan las llaves en el bolso y, en el cielo, los aviones pasan soltando humo con la displicencia con la que los borrachos ricos dan propinas a los taxistas mudos.

Hay corbatas de lana, ayudantes de arzobispos, espejos fríos y restos de una helada que ha caído sin que nos enteremos. A veces llueve sin nubes y hay tardes que llegan pidiendo perdón, como si hubieran llegado antes de tiempo y nos pillaran a medio vestir. Y mañanas que llegan tarde y sin ganas, mañanas que nacen muertas. Hay iglesias llenas que siempre están vacías e iglesias vacías que siempre están llenas, luces naranjas en el tráfico rodado y sillas de madera sin lijar. Ya está la revolera en la esquina del Berlín y el frío en esa mesa desde la que la torre de la Catedral se desdibuja y se pierde a lo lejos. Y los campanarios con colores litúrgicos y kioscos como oasis de hielo. Y, en Angustias, la madre de Dios.

Se reflejan los semáforos en los charcos, los charcos en los escaparates y, en los escaparates, mi cara mirando a los perros ladran porque quieren volver a casa. Hay huevos de golondrinas que anuncian vida en el permafrost del Campo Grande. Hay un viento leve pero constante, un aire desesperante que no arranca nunca del todo pero que nunca se acaba de ir, una brisa –en Castilla no hay brisa– que te da en la cara vayas por donde vayas, un ramalazo de aire que te persigue y que no se irá hasta bien entrado mayo. Y hojas secas en revolera y cafés con leche hirviendo y, en La Rondilla, empanadillas recién hechas y más de cien acentos peruanos. Hay un estadio que dicen de la pulmonía, un torero de Mojados que parece una estatua de bronce y, en San Juan, columpios tan fríos que queman. Ya está aquí el cocido de los jueves, la matanza del cerdo y un trozo de muralla que se oculta porque le da vergüenza. Los caminos no levantan polvo, las flores van al logopeda y la luz no alumbra. En Las Delicias, hay cuarenta tonos de gris, y todos son de vía muerta. Está puesta la luz de nieve y la niebla preventiva. Ya llega el tintineo de dientes de madrugada, la madera mojada, el olor a lentejas en el portal. Hay gorros con pompón y caras de niños que quieren ganarle tiempo al frío. Hay espaldas que duelen, reuma en los codos y artrosis en las rodillas.

Ya están los trajes oscuros, las mantas de Palencia y el luto en La Rosaleda. No hay belleza en las tardes de enero. Pero jamás vi mejor sol que el de nuestro invierno. Es un sol que ciega los domingos, una luz que envuelve todo, un frío que invita a vivir y a caminar, aunque las mejillas se te duerman y para sonreír tengas que pedirlo por burofax. Hay un Poniente luminoso donde muere el día y una fachada de San Pablo que parece azúcar anaranjado de Cubero. Todas las tardes son tardes de infancia y todas las heladas son recuerdos de otros inviernos. No hay nieve, no hay patinaje, ni montañas. No hay prados verdes, vacas que pastan ni preciosos mercados calvinistas. Esto es el páramo, chico, esto es la vida real, la vida sin belleza populista, sin retórica facilona y sin concesiones al tendido. Esta es la dureza para la que hemos sido engendrados. Nuestra tierra no tiene una belleza evidente, no hay ponche para las visitas ni caricias en la espalda para sobrellevarla. No la cambiaríamos por otra jamás.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 22 de enero de 2023. Disponible haciendo clic aquí).