Yo crecí auto percibiéndome como una persona de izquierdas, una cosa moderada, socialdemócrata, blandurria, que entendía que había que redistribuir la riqueza, garantizar sanidad, educación, pensiones y becas, que creía que el estado aconfesional es mejor que el confesional, que la teocracia es algo de países subdesarrollados -musulmanes-, que hay que cuidar el planeta, avanzar en la igualdad de la mujer y defender los derechos de los hablantes de todas las lenguas del país. Que sin capitalismo no hay estado social y que sin estado social no hay capitalismo, que es difícil ganar dinero cuando la gente tiene hambre porque tiende a matarte y que es difícil pagar médicos de urgencia sin empresas rentables que paguen impuestos. Y una postura muy tolerante con todas las razas, creencias, opciones sexuales e incluso las carrilleras los viernes de Cuaresma. Todo esto desde un profundo amor a mi país, desde la certeza de que España es una sola nación, nada de plurinaciones ni ambigüedades. Y con una fe profunda en Dios, en el Dios católico, no en algo ‘tipo energía’ ni una de esas pijadas gnósticas. Y una estricta heterosexualidad. Y afición a los toros. Y colegio concertado de Jesuitas. Y querencia por los libros, la música y la historia. Medio progre, medio pijo. Un chaval normal de izquierdas.

Y hoy, que pienso lo mismo de todo y que me gustan las mismas cosas, me autopercibo como persona de derechas. Moderadito, vale, repugnantemente práctico, desapasionado y alejado de dogmas, pero de derechas. Y por los mismos motivos: porque creo en ese tándem invencible que forman capitalismo y socialdemocracia bien gestionada, porque creo que hay que primar lo económico, la creación de riqueza, la mejora de las condiciones materiales de vida de la gente, porque sigo alejado del tercermundismo de querer unir a Dios con el César, porque creo en el estado autonómico y no en uno federal, por tener claro que el género no es un constructo social ni una preferencia administrativa sino algo estrictamente biológico -a ver quienes niegan la ‘Ciencia’ ahora-, porque creo que defender todas las lenguas implica defender el castellano, porque defender el planeta no tiene nada que ver con apocalipsis climáticos, porque no creo que España sea plurinacional ni soporto que las niñas crezcan pensando que necesitan protecciones ‘in natura’. Insisto en la heterosexualidad, no me drogo, mo tengo tatuajes, ni piercings, ni desdoblo el género de las palabras, creo en Dios aún más, me gustan todavía más los toros, el Real Madrid, los chuletones y hasta me empieza a atraer el boxeo. Un fascista de manual, vamos.

¿Y cómo ha podido suceder? ¿Cómo he pasado de ser un chaval medio sociata a un ‘señoro’ medio facha? ¿Cómo he podido realizar un viaje así sin moverme del sitio? ¿Será la ideología un constructo, como el género? ¿Será un asunto de autopercepción en el que lo objetivo no cuenta? No lo sé. Pero da mucho que pensar que en mi situación esté media España. Y que en la contraria no haya nadie.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 25 de marzo de 2023. Disponible haciendo clic aquí).

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