Tengo delante a un niño, no tendrá más de 6 años. Es delgado, muy bajito y tiene el pelo sudado y sucio, pero es una suciedad infantil, una suciedad de haber jugado mucho. Es una suciedad que marca goles y celebra la vida. Una suciedad limpia. Acaba de llegar del colegio, su madre le ha limpiado la cara y las manos con un pañuelo gastado, se ha comido medio bocadillo y se ha colgado la medalla de su cofradía. Es del Atado. Ha entrado a la iglesia de la Vera Cruz y se ha sentado junto a sus hermanos, de todas las edades. El chaval es uno más. Podría estar jugando a la consola, enganchado a las redes o cualquier otra cosa que hagan los niños ahora y que empiezo a no comprender. Pero no, este niño, libremente, ha querido unirse a sus hermanos cofrades para el triduo. Su presencia es diligente, su actitud inmejorable. 

A veces le dicen que se levante o que se siente, pero se lo dicen con la mirada, con el inmenso respeto que un compañero siente por otro. Se persigna torpemente, se hace un lío de cruces y a mí casi me da la risa. Pero le respeto: ese chaval es un tío. En él se están cociendo los primeros recuerdos de una vida. Y, un día, dentro de muchos años, mirará hacia atrás y reconocerá los mismos olores, los mismos silencios y los mismos nervios que un día sintió siendo solo un chaval con el pelo un poco sucio. Ya no estará su madre, ni su padre, ni mucho menos yo mirando desde atrás con cara de no mirar nada, que es la cara que se pone cuando lo tienes que mirar todo. Faltarán también casi todos sus hermanos. La ciudad será distinta, el mundo habrá cambiado y le costará hasta caminar. Pero, pese a todo, allí seguirá el Atado. Y sus recuerdos del día de hoy. Allí seguirá la misma iglesia, sus manos viejas tocarán la misma medalla, sonarán las mismas marchas, se encenderán los mismos inciensos y la misma calle Platerías le hará los coros y las sombras a la misma Pasión.

Pero, sobre todo, mirará para atrás y se podrá reconocer a sí mismo. Se sabrá parte de algo que es mucho más importante que él, que le supera, que le trasciende. Que ya estaba antes y que también estará después. Este chaval mandará un día, porque se lo merece, porque estaba allí empapándose de todo y porque estaba observando a los mayores en lugar de estar como el resto, como esos niños limpios encerrados en casas tristes. Ese chaval es un hombre en construcción y me dan ganas de llamarle al futuro y decirle que todo va a salir bien. Porque a algunos se les ve el futuro en la mirada. Y en ti, chaval de pelo sucio, están puestas todas nuestras esperanzas. Todo esto está por ti, lleva tu nombre. El pelo se lava. Pero no hay champús para un corazón que no se ha llenado a tiempo.

Sus ojos oscuros son capaces de ver cosas que yo no veo porque son ojos que miran por primera vez, ojos que ven detalles escondidos, ojos que ven más allá de las obviedades en las que nos quedamos atascados los mayores. Y por eso ya es un niño sabio, porque tiene ojos de asombro y aún no hay recuerdos ni viscosidades adheridas a otros Domingos de Ramos. En sus pestañas termina una línea genealógica de siglos, esos ojos son la evolución hecha niño y brillan como si Valladolid dependiera de que él lo mirara. Y en parte así es. Valladolid tiene sentido porque él lo mira. Todo tiene sentido porque tú existes, porque existe Dios y porque hay un misterio revelado. Si los mayores intentamos conservar la belleza y la fe que nos han sido legadas es porque existe un niño como tú. Si trabajamos cada día, si tenemos sueños y si amamos nuestra tierra es porque amamos a los que la hicieron y porque amamos a los que la heredaréis. Entenderás por qué todo tiene que estar en orden. Es sagrado. Y si seguimos escribiendo es porque tú lo leerás y hay que estar a tu altura. Y si hablamos es para que tú lo oigas. Y si levantamos la voz de vez en cuando es porque tú no puedes hacerlo y pones en nosotros todas tus expectativas. En nuestras tradiciones y en los recuerdos que estás forjando hoy, habrá mañana un hombre que ame a su tierra, porque sentimiento y destino son la misma cosa. Te lo vamos a explicar todo desde el principio. Al fin y al cabo, no a todos los pueblos les ha tocado, como a nosotros, el inmenso honor de ser difusores universales de la Verdad y la belleza.

Nuestra labor hoy es recibir una tradición, protegerla, defenderla, mejorarla, ampliarla y cedérosla a los que venís detrás en las mejores condiciones que honradamente podamos, para que hagáis lo propio. La clave no es ‘podamos’, sino ‘honradamente’, nadie tiene que decirnos nada, nosotros sabremos si hemos hecho todo lo posible o no, si hemos dado hasta la última gota de sangre o no, si hemos respetado a los que vienen y a los que se fueron o no, si hemos sido dignos de cuidar la Virgen ante la que rezaron los Austrias, el Cristo delante del que se arrodilló Cervantes o los campanarios a los que mira Las Angustias.

Quiero que lo mires todo, niño vallisoletano, que escuches a los que saben y que guardes estos sentimientos para que, cuando sea el momento, lo escribas y yo lo lea. Algún día, cuando yo ya no pueda ver, escribirás tú para que yo recuerde, porque empezaré a olvidar. Y tú serás los ojos de una generación. Y los viejos veremos a través de tu mirada, que habrá sido educada por unos padres, unos abuelos y unos amigos que te quieren. Y por tus hermanos cofrades. La vida no es mucho más que eso, amigo, se trata de saber qué te toca hacer y hacerlo con cariño. Porque no sabemos cuántos jueves santos nos quedan y en esa tragedia estamos todos juntos. Y cuando ya no puedas más, habrás de dejar paso a otros niños de Valladolid, niños con los ojos enormes y el pelo un poco sucio para que cuenten al mundo quienes éramos, cómo sale tu Cristo o lo bonita que estaba la iglesia en la que un día te bautizaron.

Ya estás escribiendo, aunque no lo sepas, chaval. Ponerse delante del ordenador es solo la fase final de un proceso que empieza hoy, mirándolo todo por primera vez. Y cuando un día te pongas a escribir, hablarás de tus recuerdos y pondrás palabras a sentimientos que ya están naciendo. Y si nace otra Semana Santa y si nace una nueva primavera será porque sabe que la estás mirando tú. 

Sal a la calle y abre los ojos: todo lo que ves es tuyo. Te lo han dado por amor, te pertenece, niño, cógelo con las manos, agárralo fuerte y defiéndelo. Y pase lo que pase no pierdas nunca el amor por tu tierra. Ni el orgullo que da vivir sabiéndose digno de ella.

(Este texto se publicó originalmente en la sección ‘Vallisoletanías’ de El Norte de Castilla el 2 de abril de 2023. Disponible haciendo clic aquí).

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