
Finalmente, el tren pasaría por esa joya que es Segovia, todo un viaje iniciático hasta llegar a Chamartín. Luego el transbordo hasta Atocha, cinco minutos hasta El Brillante, cinco zancadas hasta la cola y cinco guiris hasta la sala 206. Allí, majestuoso, el Guernica, que nos recuerda, como dice Savater, lo que pasa cuando el poder totalitario y xenófobo asesina a la población civil desarmada. «No son los asesinados de Guernica diferentes a Buesa y a Ordoñez. Otegi y los suyos son los hijos de la legión Cóndor o pajarracos de la misma calaña», advierte. Así que está bien que el nacionalismo, que es la antesala de la guerra -la antesala de la muerte- se entere de lo que sucede cuando sus teorías se llevan a la práctica.
Pero, sobre todo, podrá mirar a los ojos a los miles de vascos de la diáspora, a todos aquellos que tuvieron que huir de su tierra para conservar su vida. Y, de paso, a sus hijos -tan madrileños y tan vascos como el que más-, esos a los que sus padres aún les duermen con nanas en euskera y esos que van cada verano a visitar a su ‘amona’ para no perder el vínculo con su propia tierra, la que una vez expulsara a sus padres como una piedra en el riñón, frente al silencio repugnante de muchos.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 12 de abril de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).