Cuando un jugador de rugby se lanza a placar a un rival de ciento cuarenta kilos y toda la pinta de compartir genes y resaca con Hovik Keuchkerian, lo hace porque sabe que sus catorce compañeros vienen detrás y están dispuestos a empujar hasta rescatar de esa pira de carne al hombre, al balón o a lo que quede de ambos. Si tuvieran dudas, no lo harían: nadie se lanza a las tibias de un escocés desdentado y violento por amor al arte. Lo hacen por compromiso, por honor y por una especie de pacto antiguo que no se firma en ningún sitio y que, precisamente por ello, es el que más te obliga. Tú te tiras al barro helado y te juegas los incisivos porque sabes que los tuyos están llegando. Esa es la ley primera de todos los cuerpos que viven del riesgo: el bombero entra en el fuego, el soldado avanza y el guardia civil se mete en el mar. Y todos obedeciendo a una misma intuición moral: van ellos, pero detrás estamos llegando el resto.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 11 mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).