
El dóberman fue una caricatura, pero las caricaturas sólo funcionan si exageran algo que ya estaba en el rostro. Por eso tampoco deberíamos aceptar la imagen de Felipe González convertido en santo laico de la moderación o en el anciano chamán al que se consulta en las tormentas, como si hubiera llegado al presente desde una España limpia y ajena a todo lo que hoy le escandaliza. A Felipe puede dolerle Ferraz, y ese dolor puede ser sincero, pero fue él quien empujó al socialismo vasco a abandonar el constitucionalismo y quien preconfiguró el pacto del Tinell en cuanto sospechó que Aznar podía arraigar. Redondo Terreros lo pagó con su cabeza. Y Felipe enseñó ahí al PSOE una lección: con la derecha se podía ir un rato, pero ni demasiado lejos ni demasiado en serio. Después llegó Zapatero, con su agenda de ruptura a todos los niveles. Y finalmente Sánchez, que retiró los últimos pudores para convertir el sectarismo en un fuero desde el que pactar lo que se condenaba, indultar lo que se perseguía y hacerlo invocando la decencia en un balcón.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 23 mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).