
El Padre Gabriel nos conmueve porque representa una estirpe de hombres que no se fueron al confín del mundo para sentirse puros, sino para entregar su vida entre los últimos. Yo fui educado por esos hombres y es sabido que hay lugares de los que no se vuelve. Después de eso no queda sino mirar donde otros apartan la vista, desconfiar de las consignas propias mucho antes que de las ajenas y, sobre todo, no confundir prudencia con cobardía. Porque, por mucho que algunos insistan, el mundo no se divide entre los nuestros y los otros, sino entre lo que ayuda a la dignidad del hombre y lo que la rebaja. Esa frontera pasa por la política, por la prensa y por las familias. Pero pasa, sobre todo, por uno mismo. Porque la selva no siempre está en Iguazú y nadie sabe quién es Gabriel hasta que no nos dejan tocar.
Cuarenta años después, ‘La Misión’ sigue siendo una película sobre una llamada, sobre esa nota que uno oye un día para pasarse el resto de la vida persiguiéndola, a veces con más luz, a veces con más sombra; el recuerdo de que hubo un instante en el que Dios nos habló claro, aunque lo hiciera a través de un humilde oboe en el nuevo mundo; y la certeza de que, aunque desde entonces hayamos desafinado muchos días, seguimos despertándonos cada mañana con un oboe en la mano. Y la intención sincera de encontrar nuestro tono en la frontera.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 24 mayo de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).