Hay demasiada gente dedicada a levantar fronteras sentimentales, a repartir carnés de pureza y a decidir quién puede querer una tierra. Y, por supuesto, para nosotros un argentino no llegar a ser un inmigrante porque nos movemos por sensaciones y no por el Código Civil. Por eso, que Javier se identifique tanto con Valladolid como para liderar una campaña de orgullo cívico debería darnos una alegría limpia. Debería incluso avergonzarnos un poco, que tampoco viene mal. Ha tenido que venir alguien de la otra punta del mundo para recordarnos que esta ciudad merece más autoestima, más relato y más ambición. Alguien que no nació en esta tierra se ha visto interpelado por ella, traspasado por ella y ha visto con claridad lo que nosotros, por costumbre o por pereza, hemos ido dejando debajo de una capa de niebla, rutinas y complejos. Porque la verdad es que Valladolid no necesita inventarse una grandeza. La tiene. Esta ciudad fue corte, centro de poder, escenario de decisiones que afectaron al mundo y lugar de paso, residencia y eco de reyes, escritores, escultores, navegantes, juristas, teólogos, santos, y pícaros. A ver, que una ciudad que asistió a la Controversia de Valladolid no se atreva a pensar en sí misma con categoría universal dice más de nuestro complejo que de nuestro patrimonio.



(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 12 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).