
Conviene concederles algo: el derecho natural no puede servir para desautorizar al Parlamento ni para convertir la democracia liberal en un trámite menor ante una verdad revelada. Hay demasiado antisistema que utiliza esa coartada para decir que la democracia ha renunciado a la verdad y que, por lo tanto, ya no merece obediencia. Pero el error está en no distinguir entre decirlo fuera del Parlamento o decirlo dentro. Al entrar por su puerta, el Papa acepta la institución, se somete a su forma y reconoce su autoridad. El problema es de los que, para escapar del Papa, terminan abrazados al soberano, es decir, para no conceder nada a la Iglesia, se lo conceden todo al Parlamento. Y eso no es liberalismo, sino su opuesto. Un liberal debe saber que el Parlamento no crea la dignidad humana: la reconoce, la protege y la ordena jurídicamente, pero no la inventa. Si la inventara, podría ‘desinventarla’. Si los derechos humanos nacieran de una votación, otra votación podría abolirlos. Y si dependieran únicamente de la voluntad del legislador, dejarían de ser límites al poder para convertirse en su propina.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 13 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).