
Es fácil escribir desde el cinismo y desde el ‘ethos’ resabiado del corazón duro. No resulta complicado interpretar el mundo desde la plantilla de la crítica evidente, de esa crítica holística y desaforada tan frecuente, tan perezosa y de escritura tan torpe y franquiciada. Supongo que todo ello se debe a la inmerecida fama del pesimismo, de la desconfianza universal y del desencanto, como si la altura intelectual de alguien deviniera de su aceptación del fracaso y no de una rebeldía íntima ante él. Pero la realidad es que hemos vivido días inolvidables. Hemos intentado relatarlos en crónicas y en columnas honestas. Conviene recordar que la honestidad no consiste solamente en relatar una serie de hechos asépticos sino, sobre todo, en intentar trasladar la realidad que los circunda, es decir, lo que sucede, pero no se ve; aquello que surge entre el sujeto y el objeto y que nos hace pasar del ‘ethos’ al ‘pathos’ en el proceso de transferencia. Todo el que haya vivido un buen concierto entiende lo que quiero decir: la experiencia compartida no tiene nada que ver con la escucha solitaria de una canción, aunque esta sea exactamente la misma. La percepción de la realidad -quizá la realidad misma- resulta adulterada por la emoción colectiva, por un estado de consciencia nuevo y por la adrenalina pasando de corazón en corazón como el correo de antorchas de Agamenón saltando de cumbre en cumbre. Los hechos fríos no conforman la realidad sino una parte de ella. Por eso el cronista debe aspirar a trasladarla entera, algo que solo se logra citando de frente, bajando la mano y quedándose indefenso en medio de la plaza, armado con un folio ante la verdad inasible que viene para arrollarte.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 14 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).