
Por algún motivo, el éxito de los democristianos no ha conllevado que se les tenga en cuenta, sino que se les aparte: son demasiado sociales para los conservadores; demasiado conservadores para los progresistas; demasiado reformistas para los reaccionarios; y demasiado liberales para los populistas. Defienden la propiedad privada, pero ponen límites al capitalismo; creen en la familia, pero no convierten la política en un tratado sobre las buenas maneras; hablan de libertad, pero no aceptan que esta se convierta en una excusa para abandonar a los más débiles; creen en la nación, pero no son nacionalistas. En definitiva, la democracia cristiana exige algo insoportable en estos tiempos: complejidad intelectual. Quizá por eso se ha desvanecido: no sirve para el odio, ni para los muros, ni para los discursos divisivos. No logra conectar con la política entendida como revancha, como lucha de clases ni –mucho peor– como lucha de razas.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 15 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).