A las cinco de la madrugada, Valladolid fue un espectáculo de relámpagos que iluminaban el final de la primavera. A cada relámpago le sucedía un trueno en una conga de crujidos que calculé a dos kilómetros del lado oeste de mi cama, que parecía el piano de Kim Lawrence. El otro lado, el este, permanecía frío, sin restos de vida ni de muerte y con una almohada virgen haciendo guardia, sin forma alguna. «Podría mudarme a ese otro mundo», pensé. «Ir de visita armado con los viejos planos, a ver si los truenos suenan igual mirando lo contrario». Pero la luz de los rayos era constante y convertía la habitación en el flash de una cámara que estuviera intentando inmortalizar el momento. Así estuvo más de una hora, uniendo por fin la oscuridad con el amanecer, algo que quise interpretar como la victoria del relámpago sobre la noche. Pero la conquista ya no trajo consigo el trueno, yo mismo oí cómo se iban, a lo lejos, dejando tras de sí una cortina de agua mojando el alba.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 21 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).