
Hay setecientos mil venezolanos en España. Son nuestros vecinos, nuestros amigos y nuestras parejas. Son nuestros compañeros de trabajo, nuestros jefes y nuestros empleados. Algunos nos traen comida, otros inversiones y algunos se ponen a escribir y ganan el premio Mariano de Cavia de periodismo. Hay futbolistas, camareros y dependientes de tiendas. Son cajeros en el supermercado, limpian oficinas y cuidan a nuestros hijos, a nuestros mayores y a nuestros enfermos para que nosotros podamos seguir hablando en Twitter sobre la importancia de la familia tradicional. Hay venezolanos trabajando en ‘call centers’, hay transportistas en Móstoles y hay empresarios en Jorge Juan. Muchos llegaron con un título que no servía para nada y tuvieron que pasar del Derecho a las arepas, sin estación de paso ni consuelo. Están a nuestro lado en el metro, sufrimos las reuniones de padres en paralelo y se quejan de los impuestos como si hubieran nacido en la misma Badalona. Unos fundan ‘Goiko’, otros ‘The Objective’ y, eventualmente, a algunos les da por enviar poemas de su puño y letra e incluso canciones de 4.40. Esto último, de modo excesivo y prescindible. Hay una señora que me da la paz el domingo en misa y otra que me la quita el sábado en una terraza. No vinieron porque les apeteciera probar suerte en España, como si la vida fuera un Erasmus en Brescia, sino porque una dictadura traidora y sangrienta convirtió a uno de los países más ricos de América en una máquina de forjar exilios y tragedias. Y sus familiares se pudren entre las cárceles y el recuerdo. Supongo que la mayor parte de ellos no tienen demasiado interés en vivir en esta ciudad cruel e inhóspita que alterna olas de frío y de calor como si estuviera enferma, y que preferirían volver a Maracaibo, a Valencia o a Barquisimeto para mirar de cerca la tierra que arrebataron a sus padres y la prosperidad que arrebataron a sus hijos. Pero mientras eso sucede, nos miran con la frente altiva, la mirada dura y una inconfundible alegría en la desgracia.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 27 junio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).