
Salió, quiero decir, Mikel Merino como Rastrojo y Chichipán, sin la vara de fresno, pero con el Diario de Navarra enrollado en la mano y dirigiendo la manada de Fuente Ymbro, con los sobreros y los cabestros incluidos, y que, por supuesto, también eran él mismo. Provocó una falta, la sacó, dio un pase a Rodri, que a su vez se lo dio a Ferrán y, mientras todo eso sucedía y todos mirábamos la esquinita de abajo a la izquierda, Mikel miraba el punto de penalti y corría hacía allí como si no hubiera mañana –en realidad no lo había–, corría como un loco sintiendo cerca los pitones gastados y con la única aspiración de rematar el balón que él mismo acababa de poner en juego. Lo hacía desde los Corrales del Gas, desde la propia Cuesta de Santo Domingo donde aprovecharía, supongo, para saludar a nuestro Chapu y correr hasta la plaza del Ayuntamiento; desde allí giró por Mercaderes, tomó la curva hacia Estafeta y recorrió toda la calle en línea casi recta para entrar finalmente en el tramo de Telefónica, cruzar el callejón como quien cruza el túnel que dicen que se ve cuando palmas y desembocar en la plaza de toros de Pamplona –que es el cielo–, donde decidió ajustar al palo difícil y con su pierna mala, como un torero de Sevilla, a la suerte contraria, escuchando la Chica Ye-Ye.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 8 julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).